42. ARENA EN LAS MANOS

          Dudo mucho que si supiera el día de mi muerte no cambiara mi vida de manera drástica, que a un año, dos meses y seis días antes de morir, todo aquello que guardaba en un cajón olvidado o relegado a una ocasión especial no lo usara, que la tristeza de tal certeza me impidiera estrujar cada segundo que me quedara como si todo fuera a terminar en un año, dos meses y seis días. Con esa fecha cierta la veda se levantaría, desaparecerían las prohibiciones que nos imponemos a nosotros mismos posponiendo el disfrute de la vida, racionando sin motivo el jugo de algo que debería ser paladeado día a día. Abriría el frasco de esa esencia a jazmín tan cara y me perfumaría con ganas todas las mañanas sin esperar a que el tiempo hasta el próximo evento la dejara añeja, y me pondría esa falda que tanto me gusta, tan moderna y agujereada aunque me tildaran de dejada. Me pintaría el pelo de rojo y comería hamburguesas, gofres, chorizo, churros y sobre todo chocolate, y después desfogaría la energía con cualquier baile y música a toda potencia, sin avergonzarme de que por la edad me llamaran loca vieja. Cortaría las agujas de mis tacones e iría a esa boda, para la que ya no guardo perfume alguno, con ropa holgada y cómoda porque a un año, dos meses y seis día de morir ya sabría que lo importante en ese instante no soy yo sino la unión de dos personas. Y dejaría de sentir envidia porque a estas alturas no me importaría ser alguien en la vida sino saber quién soy y lo que aún soy capaz de ser en ese reducto que aún me queda por vivir. En cuanto a mirar atrás, jamás, que el tiempo que he tenido se fue y ahora se trata de existir como si fuera el último día, y ahí debo administrar cada segundo para poder abrir de par en par mi armario y no tirar nada sino ponérmelo todo encima, el bikini en enero si quiero y en agosto el chubasquero, porque ahora mando yo, soy la dueña absoluta del lapso que aún tengo, y me he despojado de los lastres con los que cargamos nuestra preciosa vida en busca de una aceptación que nunca me ha dado calor. Y es curioso porque a un año, dos meses y seis días de morir me siento desnuda pero no tengo frío porque no tengo miedo, y porque lo que necesito es otro tipo de calidez distinta a la que me daba la bonita ropa que vestía; el contacto, un beso, las caricias de mi hijo, su olor. Cuánta belleza a mi alrededor y qué poco la he admirado buscándola lejos cuando la tenía a mi lado. Y en cuanto al perdón, lo que debía estar perdonado ya lo está; lo otro no, que mi corazón pronto se va a parar pero en su momento me lo partieron en pedazos y me lo llevo al más allá con este pellizco que no quiero perdonar.

                Ésta ha sido mi vida. He tenido dulzura a mi lado y no la he apreciado lo suficiente, salud y la he desgastado conscientemente, alegría y apenas he reído. Me he centrado más en sufrir, en no probar bocado del exquisito día a día para conseguir estar delgada, en estar delgada para ser más guapa, en ser más guapa para que me miren, en que me miren para que me vean delgada, en estar delgada para ser más guapa, en ser más guapa para que me miren, en…., mientras la vida pasa sin decir nada.

                Un año, dos meses y seis días tengo para bailar, reír, embadurnarme de colonia, cenar a las ocho de la mañana y desayunar a las once de la noche. Tengo un plazo de tiempo donde puedo enmendar todo lo que no he hecho, donde embelesarme con los sencillos milagros que transcurren en un día, donde comprobar con humildad que lo que de verdad es importante no se puede comprar, que hay que vivir las veinticuatro horas como si el minuto cero de la siguiente jornada fuera un cronómetro de cuenta atrás, recordándonos que en cualquier momento la bomba puede estallar y quedar nuestra existencia tan añeja como ese perfume que nunca más volverá a usar. Si mañana muriera hoy me avergonzaría, pero aún me queda un año, dos meses y seis días. Nunca es tarde para disfrutar.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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