41. UN DÍA DE FURIA

          Cuántas mentiras tengo que aguantar más. Se acabó. Siempre lo he ido acabando pero poco a poco, con un pie fuera aunque con el otro dentro, no me fuera a resbalar, pero ya no más. Ya me levantaré si me caigo, que la altura no me haga otra vez vacilar. Hoy quiero tener mi día de furia, al menos veinticuatro horas de protesta, como una pataleta donde me pueda desahogar y gritar ¡basta ya!, empezando por ese “ a quien madruga Dios le ayuda”, que yo estoy en planta a las siete de la mañana y pongo desayunos, hago camas, meriendas del cole, superviso ropa, dientes y orejas de niños mientras me pinto la raya de los ojos intentando disimular las ojeras de otra noche intermitente de sueño gracias a esta piara que tengo por vecinos, que por el día también se dedican a molestar con sus gritos y altavoces. Y nadie me ayuda, y menos Dios, que de mí creo que se ha tenido que olvidar, aunque supongo que estará muy ocupado con todo lo que cae. Luego paseo al perro, que por mucho que he insistido no ha aprendido a girar solo la llave del piso ni a abrir el portal, que el muy tonto o a lo mejor listo solo sabe levantar la patita si se lo pido, que harta me tiene ya, pero es que cuando me mira me desalma con sus ojitos, el muy canalla. Y me voy al parque y el único que me saluda es otro perro tatuándome sus zarpas en la mejor camisa que tengo, que compré en el Carrefour mientras su dueño se ríe de la ocurrencia y yo me cago en tó, que estoy iniciando la efervescencia de mi día de furia porque ni un “lo siento” escucho. Así que levanto despacito los brazos, le aviso de lejos y del corte de mangas que le mando me hago daño, me giro y lo dejo allí, oyendo la traca de insultos que salen de la boca de ese imbécil de cuernos torcidos. Siento algo de satisfacción, no mucha pero algo. Luego al trabajo en coche, que como siempre es sentarme al volante y la vena del cuello engorda, pero este día de hoy la voz se me afila hasta pinchar, gesticulando excesiva cualquier infracción, que ya está bien callar. Es curioso que cuanto más alto grito menos se me oye pero más adrenalina suelto y siento que me hace disfrutar.  No quiero cogerle el gustillo, no hay que abusar, pero a ver si alguien es capaz de soltar el “mujer tenías que ser” ante esta ordinaria reconocida que en su día de furia busca gresca sin parar. Y sí, soy mujer, qué pasa hombretón, ¿eres tú capaz con esa fuerza en los brazos de soportar el peso de casa, hijos y trabajo?: Nooooo, y encima conduzco mejor que tú, que lo dicen las estadísticas, ¿te has enterado?; bueno, lo de aparcar…, en fin. Después, en la oficina, mis benditos mil euros me hacen templar, no me vayan a echar por decir la verdad, que aquí las mentiras no son tal sino mentirijillas, sagradas como el pan que me dan de comer, improfanables a la verdad que ocultan que no es otra sino que hay que callar para que este trepa de medio pelo que tengo frente a mi mesa, y que por los azares de la vida o por chupaculos es mi superior, no me vaya a coger ojeriza por soltarle que es un cabrón.

                Tras este paréntesis de relativa calma en mi jornada laboral, pongo el turbo a tono, es mi día de furia; recojo a los niños del cole, recupero la mala leche del coche con mi voz de verdulera y al llegar a casa la cerradura no responde. Ochenta euros de apertura de puerta y doscientos cincuenta de bombín, que ya le dije a este estafador de cerrajero por donde se lo podía meter con llaves incluidas. Y mientras le decía adiós con el dedo corazón el alto, el teléfono sonó con el mensaje de que el kárate de mis hijos iba a ser una hora antes. ¡Coño!, y con el retraso de la puerta aún no habíamos comido. Bocata rápido y al gimnasio y, a la vez que los niños hacen su clase yo paseo al perro. De nuevo saludo perruno en el chándal más apañado que compré en el supermercado. Aprieto al mismo tiempo los dientes y el esfínter pero cuando veo al dueño no puedo. Es que viene despacito, sin inmutarse, y me digo a mí misma que hoy no, que hoy es día de rebelión. Le lío lo inenarrable, tanto que aquella vena de taberna que uso al volante quedó huérfana de padre y madre y maduró haciéndose tan rígida como una arteria. Y así me hallé yo, vociferando como un arriero abrutado, más satisfecha que un niño con un helado mientras mi perro y el de este gañán jugaban encantados.

                Luego a casa, y el flamenco de los vecinos a toda potencia, vibrando los cristales de cada habitación. Como siempre llamo a la policía pero este día, raro es el caso, vienen; les aperciben pero a estos miserables de al lado les da igual. Tienen tan poco miedo a las leyes como vergüenza, y los agentes, cumplimentada su visita y con un insulso e inútil informe se van, oyéndose en el piso contiguo un ¡ole, ole! y zapateado cachondeado. Es entonces cuando me siento estallar e imagino el periódico con mi nombre en el titular y la noticia de sus asesinatos, pero miro a mis hijos, a mi perro, e incluso a mi marido, que acaba de llegar, y creo que es el momento de destensar los nudillos y dar por terminado mi día para poder seguir teniendo noches de calma.

          Siento pena, ya casi nadie mira a la cara al hablar, y cuando lo hacen es para decir chorradas. No es pedir demasiado, que solo quiero respeto, no amor incondicional, admiración, ni siquiera aprecio. Solo RESPETO. Quiero disfrutar de espacio, de voluntad, y sentirme a veces, aunque sea breve, libre. Porque a esa que llaman libertad nunca le he pertenecido; por mucho que me haya esmerado en conocerla en pocas ocasiones la he visto. Cada cosa tiene un sabor y yo apenas lo aprecio. Eso necesito; degustar cada bocado de vida aunque me tenga que atragantar.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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