39. TUTORIAL PARA SER FELIZ SEGÚN URBANO

-Venga, Urbano; despierta, que ya son las siete.

                No solía remolonear, solo lo justo para que su madre jugara con su almohada tirándosela a la cara. Luego, todo prisas; lavarse, desayunar y correr a la parada del autobús escolar, a más de un kilómetro de su hogar. Era un niño alegre pese a vivir aislado en una casa de campo para que el aire puro mejorara los pulmones del padre. Sacaba buenas notas y tenía muchos amigos, pero cuando llegaba el fin de semana o vacaciones siempre estaba solo aunque se entretenía, pues la naturaleza le entusiasmaba. Una mañana, aún en la cama, miró el reloj y eran más de las ocho y su madre no le despertaba. Salió al pasillo y un trasiego de gente extraña entraba al dormitorio de sus padres y luego lo abandonaba en silencio. Su padre había muerto. En los últimos días su empeoramiento era más que evidente pero la mente de un niño de nueve años no deja resquicio alguno a la posibilidad de la muerte. Desde ese día todo cambió, y no solo por la desaparición de su padre sino también por la ausencia de su madre, porque se trastornó. Apenas hablaba, ni comía, ni descansaba; apenas vivía, dejando a Urbano en un lugar secundario donde la soledad era su mejor amiga en una casa a la que fueron en busca de aire pero que ahora le asfixiaba. Hubiera sido mejor que se marcharan de allí…

 

                ¿Por qué no nos marchamos de allí?. Mi madre la debía haber vendido. Yo era solo un niño y siempre estaba solo. Aprendí a cocinar, a limpiar y hasta a coserme el bajo de los pantalones; pero sobre todo aprendí a no hablar porque allí nadie me escuchaba. Y como se convirtió en costumbre, en el colegio también cerré la boca y los demás niños, aburridos del mutismo, me empezaron a saltar al contar. Al principio fue duro porque tenía pocas armas por la edad, pero con el paso de los años me equipé de un arsenal pertrechado con el mejor armamento. Me sentía autosuficiente; era autosuficiente. Desde los nueve años me había convertido en un adulto con un menor a su cargo, mi madre, a la que cuidar y de la que nunca esperé cariño por su enfermedad. No se lo puedo echar en cara porque ella no tenía la culpa, pero lo cierto es que yo tampoco, aunque siendo positivo como soy, y es una de mis muchas cualidades, debo añadir que esa situación luego me benefició porque desarrolló en mí el carácter que ahora tengo, con una media por encima de todo y una altura desde donde observo lo bajo que me queda cualquiera. Es una realidad tan incuestionable como duro fue forjar mi personalidad. Porque partiendo del momento actual, éste que ven, maduro, seguro de mí y con un control absoluto de las percepciones, antes me sentía solo. Fui creciendo solo, hablando solo, riendo y llorando solo, y aunque mi madre estaba ida, aún callando y en su mundo me hacía compañía. Era lo más cercano a una familia que tenía; la quería y a veces me obligaba a odiarla pero no podía. No era mala, ni me pegaba ni de ninguna manera me maltrataba, pero tampoco me abrazaba ni me reñía; ni siquiera me peinaba. Me hubiera gustado tanto que me peinara; acercarse a mí con ese olor cálido y dulce que aún recuerdo de su delantal, ordenarme el flequillo con los dedos mientras con la otra mano me pellizcaba la barbilla. Cuánto echaba de menos esa cercanía, porque aún sentada a mi lado, siempre estaba lejos de mí. Ella no se daba cuenta pero yo siempre estaba solo.

                Como no tener vida social ni amistades daba tiempo de sobra, me enfrasqué en varios proyectos empresariales que engordaron fácilmente mi cuenta bancaria en la misma proporción que mi ego, mientras mi vida no sé bien si se facilitaba o se enredaba aún más con la muerte de mi madre; en el momento en que ella se fue sentí tal pena por mí y tanta alegría por ella que cuando lloré no tengo claro por qué lo hacía. Poco después de irse contraté dos vehículos de demolición para destruir la vivienda; cada vez que caía un cascote sonaba hueco un eco en mi interior. Creí que era lo mejor que podía hacer, pero los recuerdos no los borra ninguna máquina por efectiva que parezca. Cuando quedó limpio de escombros dejé que la vegetación cubriera las ruinas que quedaron; hacía tanto tiempo que no entraba vida en ese lugar que una vez dentro arraigó de tal manera que sobrecogía verla. Nunca volví a construir; el aire allí era puro y limpio.

TUTORIAL PARA SER FELIZ

1-.Tener una buena familia.

2-.Tener amigos que te respeten.

3-. Confiar en las personas.

4-. No tener miedo.

5-. Amor.

                No quiero explicar los guiones porque al leerlos ya se entiende que incluso teniendo uno solo de ellos nadie debería quejarse. Yo no me lamento de no tener ninguno; es más, gracias a ello veo con más claridad que soy capaz de sobreponerme a todo. Estoy por encima de todos; no necesito a nadie más que a mí mismo. Nunca me permití ser débil porque es una demostración de vulnerabilidad a la que nunca me expondré. Me reconozco fuerte y decidido, inconmovible y frío, y no admito que ningún mortal me dé lecciones, pues soy maestro en guerra y paz.

          Cinco guiones tiene mi tutorial y ninguno poseo; pese a ello aquí me veo, subido en mi pedestal. Pero si soy sincero digo que, si tuviera la posibilidad de cambiar mis cinco insulsas rayitas sobre la felicidad, habría una por la que vacilaría todo mi arsenal; una única, y es que mi madre me volviera a peinar.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

2 comentarios en “39. TUTORIAL PARA SER FELIZ SEGÚN URBANO

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