36. TEORÍA DE LA INCOMPRENSIÓN SEGÚN FLORO

          Ola, soy el Floro y soy un ser incomprendido; por eso quiero escribir esto para ver si alguien me comprende porque lo que soy yo… La cosa es que yo no me veo raro pero parece que los demás sí, y no sé si será por las cosas que cuento o por los temas que ella me hace escribir, que se cree que no voy a ser capaz porque dice que cuanto más descompongo el lenguaje más me se entiende, asin que si lo hago correstamente ningún sentido tendrá. Y a mí que me lo espliquen porque eso que dice no es cabal, que sería al contrario. ¿Véis?. No lo entiendo; es incomprensible para mí. La incomprensión; y lo digo claro, incomprensión, que no descomprensión, que nada tiene que ver con esos que se van al fondo del mar con sus trajes de irbuprofenos. No. Incomprensión de que naide me comprende. Pero no incomprensión como le pasaba al Eduardín “el no sé qué”, que le llamaban asín porque cuando le preguntaban algo siempre enumeraba las respuestas y no sabía pasar del número dos. Un poner:

-Oye, Eduardín-, le decía su tío- ¿te ha parido ya la vaca?.

-Sí- contestaba él- Es macho y no sé qué.

                O también:

-Eh, Eduardín, que te se ha olvidado cerrar la cerca y se han escapado las cabras.

-Coño, que no he sido yo y no sé qué- respondía él.

                Por eso se le quedó el mote por la coletilla que repetía, y como en el pueblo hay muncha mala leche porque hay sobra de vacas, cuando llegaban las Navidades siempre se cachondeaban porque “ Eduardín, ¿de qué rey mago quieres salir este año en la cabalgata?”, y él contestaba “de  Melchor, Gaspar y no sé qué” muy ilusionado porque toda la farándula del espumillón le encantaba; asín que después del Baltasar siempre iba él en la última carroza lanzando cabreado de uno en uno caramelos sin comprender por qué nunca llegaba a ser elegido monarca, sobre todo el negro, que era el que más le gustaba. Es que el Edu era un poco tonto, la verdad, más que incomprendido idiota. Pues eso, que yo no soy como él porque hablo bien claro y sé pasar del número tres, pero es que munchas veces me veo como raro porque no me entiendo ni yo. Es todo una cuestión de sensaciones porque naide me dice “Floro, que no te comprendo”, sino que yo  lo siento asín. Sin ir más lejos ayer mismo fui al hospital a visitar al Samuel, que el hombre me regala munchos repollos recién cogidos de su huerta y que, de tanto agacharse a plantar, un lumbago repentino le dejó como un siete sin palo, y cuando llegué a la habitación el compañero de la cama de al lado se quejaba de que por su cadera rota había tenido que pedir una baja, cuando a su lado el Samu se rascaba la oreja mientras yo pensaba en los derechos sindicales de sus lechugas y habas y en cómo iba a pedir este pobre estar más bajo si el alta se la había dado él mismo al plantar pepinos y venderlos como los manteros en las esquinas del mercado. Asín que como yo soy un incomprendido, comprendí que había que echarle una mano y me iba por las tardes a sacar palante sus cultivos, quitando las malas hierbas, cavando y regando mientras pasaban los seis días que estuvo encamado sin que ninguno de sus familiares se paseara por la huerta. Cuando el Samu salió le sorprendió lo bien que se conservó la tierra porque yo no le dije nada, y es que cuando ayudo nunca lo digo ya que naide va a comprender que lo haga por nada, porque sí,  que nada espero a cambio porque es de tontos esperar y yo soy muy espabilado pero incomprendido, porque no comprendo que teniendo gente de su sangre cerca con dos manos buenas para atiesarle el lumbago que casi siempre tenía de los esfuerzos, solo las usaran para dejarle tieso el bolsillo y beber de las monedas que ganaba partiéndose el espinazo. Pues eso, que por muy sabia que fuera la tierra, mi amigo no era tonto, se calló y me regaló como siempre un par de lechugas, pero esta vez metió en la bolsa cuatro o cinco alcachofas. “Gracias”, me dijo, y yo bajé la cara avergonzado y me fui con mi tesoro, porque para alguien tan pobre como él eso era un lujo, y para alguien tan incomprendido como yo un derroche de comprensión.

                Es que a veces me hierve la sangre porque cuando uno no tiene algo y ve que los demás lo tienen y no lo valoran me se retuerce el alma, porque si lo que tienen es familia y no la cuidan a mí me matan, que los lazos de sangre no los ata la genética sino el alma, que esta frase es muy chorra pero cierta y la oí en el culebrón de la sobremesa, el “Ámame con alevosía”, cuando el bombero salvó a la enana del fuego y luego la levantó por el aire, igual que hace en la película el mono del Rey León mostrando el nuevo rey a la selva, mientras le decía que la estatura nunca sería un impedimento para su pasión aunque sus padres fueran primos hermanos. Pues eso, que familia es lo que no tengo y cuando veo lo que hay a mi alrededor no lo comprendo. No entiendo por qué, teniendo el Nico madre y hermanos, fui yo quien lo recogió entre los cartones y lo arrastró a collejas hasta el centro de rehabilitación sin que naide me viera ni él me recordara después de la pea, porque se bebía hasta los vientos si eran de alcohol. Tampoco concibo, concebir de entender, no de preñar porque no es lo mismo aunque se escriba igual, que lo he aprendido en un documental de la tele sobre mapaches, que no son una tribu india sino unos bichos muy simpáticos pero con muy mala leche, pues eso, que tampoco concibo que con tíos, abuelos y hermanas fuera yo solo el que una vez a la semana le mandara a la Meli comida a través del supermercado, porque su marido se largó con una cubana de samba más fea que un cuerno pero con un culo con D.N.I. y domicilio propio, dejándola con dos niños que alimentar, veinte deudas por pagar y doscientas noches de insomnio, y dos mil más. Me gusta ayudar; es como si sintiera el calor de una familia cuando arrimo el hombro sin que me descubran la cara. Porque no me gusta que sepan lo que hago, que es mi secreto y me hace sentir importante y reír a escondidas cuando los demás se ríen de mí, el tonto del pueblo. Es que ellos no lo saben pero yo, el Floro, me siento feliz haciéndolo.

                Cuando me encuentro al Nico o a la Meli disimulo contento viendo cómo él anda ahora recto y ella, aunque aún encorvada, deja que sus hijos jueguen con su pelo y sonríe cuando la dejan bien peinada. Él recoge ahora chatarra y se gana unos céntimos, y ella a veces levanta cabeza vendiendo sus labores de ganchillo. Qué bien me siento por ellos y por los demás. Soy un incomprendido porque no lo comprendo. Me se escapa entender la naturaleza humana, ¿es tan difícil entender que apenas necesitamos nada?. No me entero, por eso soy el tonto del pueblo, tonto pero feliz porque naide sabe lo que hago. Lo cierto es que alguien me ha dejado en la puerta de mi casa un florero hecho con un tubo de escape roto y adornado con flores de croché. Me temo que mi secreto tiene alguna fuga por donde se ha escapado algún ruido. No importa. Guardaré las apariencias y abobaré de nuevo la cara. Qué bonito queda el jarrón en mi saloncito. Cada vez que lo miro dejo de ser un incomprendido.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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