34. LA MORRALLA SEGÚN URBANO

          Buen día, compañeros. Soy Urbano y quiero que sepan que hoy no estoy jovial. Por eso no me voy a ceñir a mi tutorial habitual, que si un día me salgo por la tangente es por algo que paso a relatar.

                Después de desayunar, suelo invertir mucho tiempo arreglándome para mantener este buen porte que siempre muestro, porque es de todos sabido que la apariencia es una tarjeta de presentación aunque para algunos sea una carta de despido, sobre todo para esos que van dejándose resbalar el pantalón y enseñando las gomillas de los calzoncillos, o los que van en bermudas y chanclas para exhibir el tatuaje que llevan en los gemelos; un horror. En fin, que con el lustre de mi atuendo, nada más poner el pie en la acera piso una baldosa suelta que me chorrea en el zapato y encima tropiezo; si llego a caer el golpe hubiera dolido menos que el ridículo de abrazarme a un poste para impedirlo. Prosigo contrariado mi camino hacia la pescatería delicatesen donde suelo adquirir mis suculentos manjares marinos cuando, al acercarme, un letrero de fallecimiento de un familiar mantiene bajada la persiana. Ya van dos, pero como soy positivo decido pasear y airear el inicio de mala baba que empieza a brotar. Una calle, otra, sitios nuevos, un barrio distinto al mío y un amplio escaparate de “Pescadería Mari Graci”. Bueno, como señorial el nombre del negocio dejaba mucho que desear pero desde fuera el rape hasta se vería bonito. Cogí mi turno y esperé.

-¿Qué más te pongo, chocho?- preguntaba la pescadera a la clienta.

                La cosa pintaba mal. Si fuera hombre el que así la llamaba estoy seguro de que un escuadrón de féminas con pantalones y sin depilar lo fusilarían por machista.

-Mira, chochete; las sardinas todavía se mueven de frescas que están.

                Empecé a sudar sufriendo por cómo aquella verdulera me iba a llamar, así que me giré disimuladamente con la expectativa de escapar cuando ella se percató de mi plan.

-Ya estoy contigo, corazón-, me dijo, y no me desagradó del todo-. Qué prisa tiene este hombretón-, y rió con una carcajada que se pareció a la sirena de los bomberos-. Venga, ¿qué te pongo..- y a cámara lenta deletreó la continuación-… maricón?- y el brote de mala leche engordó haciéndose varilla.

                No quiero transcribir la escena; solo puedo decir que este inmenso marimacho se lo  va a pensar antes de volver a agasajar a la clientela con su selecto vocabulario. Gracias a mí, Mari Graci ha entendido que tiene en el culo su nombre.

                Serían las once de la mañana y sentí hambre así que busqué con cierta desconfianza un bar. Qué vulgaridad de barrio. Las tiendas sacaban a sus puertas el género, desde melones hasta zapatos, desde lana hasta cajas de cartón, y hablaban en voz muy alta en lugar de cuchichear para que no nos diéramos cuenta de que por sus pintas la marginalidad les mantendría siempre en el barro. Al pasar junto a una oficina de correos un intenso olor a calamares me orientó hacia una atiborrada cafetería. No lo pensé y entré, a medias hipnotizado por el olor y avergonzado por pasar a un lugar de tan mediocre público como refinado era su aroma a fritanga; menos mal que allí nadie me conocería. Ante la visión del bocadillo de calamares casi lloro. Hacía años que no me comía uno pero si de vez en cuando me mezclo con el vulgo me haré más sensible a los estúpidos problemas que debe tener; así de sensible soy. Levanté el pan para extasiarme con el relleno y, al instante, las lagrimillas de alegría se secaron. Aquello era una maraña de engrudo, de untuosa harina amarillenta salpicada de tropezones de algo indefinido rebosante de sal; pero del bicho nada.

-¡Oiga!, ¿esto qué es?- pregunté al camarero.

                Mientras inventaba teoría en torno a la naturaleza del ente que chorreaba grasa dentro del bollo de pan, me dio tanto asco y coraje que me levanté para irme de allí. Pero una voz me detuvo.

-¡Eh, que no ha pagado!.

                Y mi varilla de cabreo engordó y se hizo tronco. Tampoco relataré lo acontecido; sí dejaré claro que si mi ojo se puso morado, al del bar un diente le quedó colgando. Era una cuestión de principios. Esto de juntarse con la plebe nunca me ha gustado; tienen una especie de tufo a añejo que impregna tu ropa por nada que los hayas rozado, y quieren que huelas a ellos, sino te rechazan. Clasistas de medio pelo; yo soy mejor que ellos. Yo soy mejor que todos.

                Bastante cargado ya, avivé el paso para salir de aquellas cavernas cuando tropecé con una señorita a la que pedí disculpas; y no sé por qué ya que fue ella la que parecía distraída al chocar conmigo. No le di importancia hasta que noté que el peso de mi chaqueta se había aligerado. Me acababan de robar la cartera. Aquel pendón desorejado me birló treinta o cuarenta euros, y lo peor de todo, D.N.I., carné de conducir y qué sé yo más. El tronco del mosqueo engrosó cuatro o cinco anillos más su diámetro. Definitivamente el hedor del barrio bajo me había calado porque, hasta ese momento, no fui consciente del número ingente de tacos que sabía. Ahora a la comisaría, a poner la denuncia y, por supuesto, teniendo en cuenta el día que llevaba, me atendió el policía más tocapelotas que había.

-¿Y ese ojo morado?- inquiría, tomándome los datos.- ¿También se lo ha hecho la ladrona?.

-No- contesté frio, rechinando los dientes al notar algo de sorna-. Esto es otra cuestión, por culpa de unos calamares.

-¿Y quiere denunciarlos también?- instó, atento a mi foulard de diseño, y sonrió.

                Ni recuerdo quedaba de aquella cepa de mala baba; el tocón parecía una secuoya.

-¡A ver si haces tu trabajo con más seriedad, porque estoy hasta los cojones…!.

                Resumiendo: fui denunciado por atentado contra la autoridad. En esas resultas quedaron mis reminiscencias por pasear. Y dicen que caminar es sano.

                Del todo rebotado, con el arrebato encolerizado engordando la vena del cuello como si fuera Hulk pero en colorado, me voy de vuelta a casa dispuesto a asesinar a escupitajos. Llego; el ascensor roto. Me cago en la leche, digo ahora cuando hace un día diría “caramba, qué contrariedad”. Subo andando y me desparramo en el sofá. Es entonces cuando hago acto de conciencia y pienso en el día que he pasado. Me toco el ojo dañado y, con la mitad de la cara tapada, pienso que estoy por encima de toda esta morralla que nunca saldrá de su agujero. Y yo me pregunto: ¿seremos alguna vez capaces de percibir la belleza?.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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