32. EL QUÉ DIRÁN SEGÚN FLORO

          Ola, soy el Floro. Muy bonito, Don Urbano, precioso su tutorial sobre cómo ligar (post nº 30), o como lo dicen los leídos y escribidos como usted, tutorial sobre “cómo enamorar a una dama… ”, y lo mejor de todo, “… sin llegar a ser libertino”. Yo, lo de libertino creí que era un italiano recién salido de la cárcel pero resulta que no, que es algo asín como viciosillo, juerguista, guarrete, prosmicuo y eso; un revoltillo de sabores remezclados pero sin ningún regusto definido, ni dulce ni salado. Una pepitoria de agua con agua, insípida en sí mismamente y sin decidir qué conducto tomar porque le gustan tanto los desagües como las tuberías. Algo turbio y confuso, pero confuso no del chino ese que pensaba tanto sino de embrollo, de intriga, aunque leyendo las chorradas que dice, tiene usted de enigmático el mismo halo de misterio que un chicle. Que sepa que es la última vez que comento sus paridas; antes que leerle de nuevo prefiero ir al dentista mientras me venden telefonía móvil y me hago submarinista en un descampado.

                “El qué dirán”. Asín de fresca me ha soltado que escriba de eso; y yo no lo comprendí porque si de comúnmente hablando no entiendo lo que la gente dice, ¿cómo iba a saber qué dirán si entodavía no había pasado?. Pero ella después me lo ha explicado y munchas veces porque, aunque no me tengo por tonto, era tan tonto lo que significaba que al final no me quedó duda: el qué dirán es lo que no quieren decir de sí los que lo dicen de los demás para que los otros no hablen de ellos. Es tan simple como una maniobra de distracción para que naide te mire cómo te rascas la huevera mientras rajas de cómo se la rasca el objetivo a criticar. Y eso no es tan sencillo como parece, asín que una de dos: o eres erudito en la materia, no erudito como el emperador chino sino erudito de especialista, o te rodeas de gente tan inteligente como pelar pepinos a bocaos, listos y aburridos, porque hay que tener tiempo para perder regodeándose en chismes, pasándoselos de unos a otros como un porro para terminar todos fumados, borrachos con la misma mala leche con la que pueden hundir al personal. Eso puede pasar y pasa, no a mí, que me da igual;  cuando oigo risitas al pasar, este reo se para delante del tribunal y baila la versión reguetón de alguna canción de Camilo Sesto. Ése soy yo, que soy un extremo. Pero luego hay otros a los que la  mala fama puede destrozar en cuestión de los mismos segundos en que cunde el rebuzno de los que cotillean. Que se lo digan sino al marido de la Mari Chari, que tenía una pastelería en el pueblo y la tuvo que cerrar porque una clienta decía que el pastelero hacía lo que yo, literalmente, dije antes: que se rascaba la huevera. Y como la pastelería era famosa por sus “Pelotas de fraile”, la gente le cogió ascos al tema y quebró, el negocio, las criadillas no.

                Luego hay otros a los que estos cuentos chinos, no de que venga un oriental a dormir al nene sino cuento chino de habladuría, les molesta pero se quitan la mosca solo si molesta de más, y es el caso del “calvo de Sebastopol”, que regresó al pueblo veinte años después de emigrar allí y hablaba fatal, según él, por el acento del idioma que se le pegó de allí, aunque todos supiéramos que ya hablaba asín antes de irse porque su padre, que tenía un bar en el callejón del mudo, hizo mayonesa y él la quiso probar directamente de la batidora sin desenchufar. En fin, pues eso, que la lengua del mar negro ya estaba bien renegría antes de marchar, y como no lo quería reconocer, se cabreaba y soltaba un “aamea”, que era algo asín como “a la mierda”, y su mote de “el calvo de Sebastopol” se cambió por “el calvo de lamea”, cosa que a él le fastidiaba un porrón porque la gente creía que se iba orinando como los perros por las esquinas y eso no era verdad; que de vez en cuando de vuelta de parranda lo hiciera no era excusa para que asín le conocieran, que tenía algunos amigos que incluso cagaban en la acera y por ello naide les ponía el alias de “acagá”, hombre ya.

                Bueno, pues todo esto del qué dirán es como una especie de espejo que se pone delante de la víctima y tú te escondes detrás rompiendo poco a poco el cristal con tus chismes, haciendo que el reflejo se distorsione para los demás aunque no sea verdad, y esto, señores, es también otra metásfora cojonuda en la que solo he empleado una hora y cuarenta y seis minutos en redastar; pero ha valido la pena porque hasta dieciséis minutos me han sobrado de las dos horas. La cosa es que todo esto de las malas lenguas es una payasada porque qué me importa a mí que me pongan verde a mis espaldas si de frente tengo también un tono aceitunado, venga o no del olivar, porque por el motivo que sea me ha tocado ser blanco de los sacafaltas. “A la mierda”, dice el calvo de lamea y también lo digo yo; a la mierda todos los comadreos, que no faltan pero sobra sí hacen.

*NOTA DEL FLORO: me han dicho que esto se pone asín para aclarar algún asunto, y es que yo quiero aclara el asunto de que a veces me se puede colar alguna que otra falta de hortografía. Es verdad, que reconozco que no manejo el tema como un estudioso, pero es que yo, en mí mismo y en mi propia esencia de ser yo, soy alguien a quien ella ha dado estas palabras, que es ella la que lo hace a propósito y no yo, que sé que el saludo de “ola” se escribe con hache, aunque da igual; el chino del bazar me responde que son las diez y media tenga o no la consonante. Y ahí voy; da igual cómo lo vistas, da igual el fondo de la cuestión. El calvo lamea siempre se orinará por las esquinas aunque vuelva a Sebastopol. ¡ A la mierda el qué dirán!.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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