29. EL MIEDO SEGÚN SIMÓN

          Saludos a todos. Soy Simón. Es tan raro como cierto que ahora no estoy haciendo ningún curso y encima todavía sigo en el paro. Es por eso que pensé que, ya que no gano dinero, al menos iba a intentar ahorrarlo aún más a niveles de extrema profesionalidad porque escaseaba ya y de manera alarmante, aunque mi pobre Paloma se cargara de más horas de trabajo soportando la condena de ser explotada por una mísera propina de sueldo. Si pudiera le daría todo lo que ella quisiera, incluso el aire del mundo si me lo pidiera, aunque conociendo cómo es sé que me diría que con nuestra familia ya lo tiene todo. Es invencible, fuerte, inmensa, no como yo, que el desánimo a veces me hace retroceder y tropezar sin ninguna utilidad.

                Pues bien, esa mañana empecé reparando mis botines con pegamento para ahorrarme el zapatero; grapé las suelas, las empapé de ese engrudo amarillento de los chinos y pareció que quedaron bien selladas. Como era adhesivo instantáneo me las coloqué y salí a la calle contento por haber evitado pagar los siete euros del arreglo del calzado y comencé con mi viacrucis habitual de patearme las calles repartiendo currículos como el que monda patatas, entrando en todos los establecimientos que encontraba. La mayoría te trata bien pero hay algunos que lo hacen tan mal que cuando te vas, el rango de mierda te queda alto y no paras de pensar que no hay salida para esto. Hoy es que tengo el día tieso, como  mi bolsillo, y encima tengo que hacer la compra con diez euros. A la espera del final de la mañana, haciendo tiempo para que casi cierren el mercado porque es a esa hora cuando venden más barato los restos de los que se quieren librar, me dediqué a ojear los tenderetes del rastrillo semanal y encontré uno donde vendían pantalones a dos euros. Con total seguridad eran de segunda mano pero después de probármelos compré uno; me quedaban muy cortos pero tenían para darles largo y en cuanto al color era una especie de azul cielo, un poco ñoño pero arregladito, en fin, dos euros son dos euros, qué voy a pedir más, y me los llevé puestos porque los que vestía tenían zurcida la entrepierna y me hacían daño. Tenía ya ocho euros. En el mercado conseguí una caja de tomates por un euro y medio, aunque muchos estuvieran blanditos, y dos kilos de boquerones por tres euros y medio. Me quedaban tres y aún tenía que comprar fruta y carne y la cosa iba difícil porque cerraban ya y me agobiaba llegar a casa sin ello pero sí con un pantalón que antes no tenía. El remordimiento por los dos euros extra que gasté en ropa me hicieron sentir tan mal que casi rompo a llorar; ya saben mi debilidad en lagrimear. Pero la vida tiene a veces rasgos esquizoides y no va siempre de plano, no es lineal, y eso, cuando estás donde estoy yo, es todo un regalo, que no sea todo malo. Sin saber por qué, el de la frutería me dio una pesada bolsa y cerró su negocio. Manzanas y peras dentro. Mientras trataba de entenderlo observé que el de la carnicería de al lado me ojeaba, metiendo tres chuletas y cuatro costillas en una bolsa. Cerró su persiana y, sin palabras, me la dio y se marchó. ¿Qué pasaba?, no entendía nada. Esto era muy raro; algo se me escapaba. Fue en ese momento cuando levanté la vista y mi reflejo en la brillante puerta de la frutería me mostró la respuesta en un crudo alarde de la realidad más palpable de ser quien nunca querría ser, una infortunada sombra de algo que en su día derrochaba luz y que ahora daba lástima ver. Aquellos pantalones de dos euros quedaban tan cortos que dejaban al aire los calcetines verdes que tenía en una descarada exhibición de mal gusto, y los restos de pegamento en los zapatos se agolpaban en grumos por fuera con pelusas, lanas y plumas adheridas. Por si fuera poco, el amarillo de mi camisa, que conjuntaba con los pantalones que antes me quité, contribuía al por mayor a hacerme parecer un parchís de pies a cabeza sin lugar donde poner el número cinco ni posibilidad de entrar en el juego y así nunca poder ganar, como ahora que pierdo. Perdí en el instante en que me arrancaron del trabajo despidiéndome de mi propia estima; allí me convertí en un mendigo ante mí mismo, no ahora, que la buena gente me regala comida por mover a pena. Abatido, caminé hasta salir del túnel del mercado y cuando llegué a la entrada mi desaliento se despojó de toda posibilidad de enmienda. Fuera, los comerciantes iban dejando las sobras de la mercancía junto a los contenedores, con cuidado, tirando  solo al interior algunas bolsas de basura con el claro propósito de indicar lo que era aprovechable y lo que no. Luego de irse, un numeroso grupo de personas se aproximó a aquellos restos con esa calma en mitad del silencio que proclama a gritos la desesperación. Despacio, cada uno cogía algo de las cajas, respetando al que tenía a su lado, y luego se marchaba igual de quedo que vino. En un supermercado nunca vía tal orden ni tanta corrección, aunque cada uno llevara su número de turno en la mano peleándose en la cola para que nadie se les colara; ni tanta amargura tampoco. Algún que otro joven pero sobre todo personas maduras y ancianos, todos se llevaban algo y cuando hubieron terminado los deshechos del suelo rebuscaron dentro de bolsas, rodeados de porquería. Olía a sangre, a pescado pasado, a humedad, y los contenedores chorreaban un caldo fétido que los gatos lamían. Acallé una arcada, no de asco, de impotencia quizás. ¿Cuántas veces les habría lanzado alguna monedilla cuando pedían a las puertas de algún comercio en el que no entraban por no poder pagar?. Aquí estoy ahora, cómo te sacude la vida, y en lugar de dinero una bolsa de peras y costillas de propina. Esto son las tinieblas de lo humano, el submundo, y solo para comer, para sobrevivir en estado puro. Si fuera perro tendría gachas las orejas, caídas las alas si pájaro, pero soy persona y por muy perra que sea esta vida no voy a dejar que nadie me arranque ni una sola pluma que me prive de la esperanza de vivir, como a las gallinas poco después de morir.

                Inmóvil ante aquel escenario, incapaz de reaccionar, poco a poco se fue despejando de indigentes. Y es curioso que los llame así por su aspecto cuando yo mismo voy vestido como ellos con mi descoordinado y viejo atuendo. Paloma me lo suele decir, “que desastre eres vistiendo”, pero la falta de gusto nada tiene que ver con esto. Ya solo, me senté en unas escaleras cuando un hombre de unos sesenta y cinco años llegó. Bien vestido, casi impecable, andaba despacio disimulando acercarse a los contenedores. Por su planta nadie lo imaginaría pero comenzó a registrar comedido entre los despojos. Cuando oía algún ruido dejaba de buscar y aparentaba ojear la hora, volviendo luego a su búsqueda. Creo que si llevara mis horteras pantalones de segunda mano azul cielo, mis calcetines verdes, mi camiseta amarilla y mis zapatos de payaso daría menos amargura que la que a mí me daba viéndolo así, rebuscando entre la mugre con su impoluto uniforme de ciudadano normal. Me aproximé a él y se asustó; creería por mi pinta que le iba a robar. Frente a frente bajó la vista y asumió ante mí que algo malo le iba a pasar, pero nada más lejos de la realidad. Peras, manzanas, tres chuletas, cuatro costillas, tomates y hasta los boquerones; todo se lo di y no lo quise mirar. Ahora entiendo por qué no me dijeron nada los que también me lo dieron a mí; ese hombre y  los otros que ya no estaban, me regalaron con sus desgracias un espejo con la imagen de lo que aún no eres aunque te pueda pasar, para que dejes de ser el imbécil que sí eres y no te quejes más

           Cuando llegué a casa se lo conté todo a Paloma y esta vez no se rió. Tiró los zapatos pero lavó cuidadosamente el pantalón a mano. Cuando estuvo seco lo dobló con delicadeza y lo dejó en el armario para que lo viera cada vez que lo abriera. “Nunca olvides…”, me dijo con orgullo, “… que tú eres Simón”.

          Daré gracias, incluso al Dios en el que no creo, por tener esta mujer a mi lado.

Querido diario: tengo miedo.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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