27. DESAPRENDER

          Estoy en constante desaprendizaje. En lugar de acostumbrarme, con la edad he vuelto a intentar mantener el equilibrio cuando se tambalea la base, en una época en la que debería estar completamente consolidada.

 Me es difícil aceptarlo pero la sociedad influye a mal. Cuando se forman grupos crean sus propias normas, escritas o no, e intentan adquirir identidad excluyendo a los que disienten de sus criterios. Los aíslan relegándolos a una esquina donde quedan visibles al resto, exhibidos como ejemplares no aptos por su individualismo. Porque tener ideas propias es un riesgo que pone en peligro al corrillo que prejuzga que seas diferente, que sin reconocerlo valora más tu manera de pensar que la suya propia y teme que sea sabida su inferioridad. Por eso, por nimia que sea la índole de su reunión, esa inseguridad que le provoca tu determinación se transforma en el fingimiento exagerado de sentirse mejores, superiores a los demás. Y así se ven, no porque su ideología comulgue al cien, cincuenta o incluso al treinta por ciento con la del equipo sino porque forman parte del pelotón, y en una guerra es más difícil acabar con todo un batallón que con un hombre solo. Con esta moral en zapatillas andan la vida hasta que tropiezan cuando un miembro de la pandilla empieza a dudar y a tomar conciencia de que no hay paso seguro si el calzado no es el adecuado. Y ahí es cuando el montón se disgrega y surge un espontáneo que quiere pastorear y llevarse el rebano a su redil. Ahora la guerra está asegurada. El anterior cabecilla alza la voz para ser escuchado y apagar la del oponente, que no grita porque ya se ha ganado a la mitad sin arengar, solo por ser una novedad con posibilidades de ganar, valiente por separarse del resto. Y sus nuevos seguidores le admiran porque permanecen fieles a la convicción de no tener personalidad y aliarse con cualquiera que los integre en algo para no sentirse solos, que ladre más alto aunque no diga nada, que les evite la esquina donde aíslan a los no adaptados.

                Es sencillo entender que es aquí cuando se recrudece la pelea, porque los flancos se abren y la primera tribu se debilita dejando espacios libres por donde discurre el aire. Ahora hay dos grupos, dos partidos desgajados de uno y en plena contradicción, una especie de batiburrillo dividido en mitades que tanto junto como separado creen tener razón. La bronca es un hecho porque esa piña inicial, ahora fraccionada, radicaliza sus ideas en busca de nuevas identidades que las hagan distintas y atractivas para otros adeptos, pero lo cierto es que entre el bullicio de sus declaraciones y proclamas no se percibe más que una mezcolanza de gritos que poco aclaran. Es ahí cuando yo, desde la esquina donde me relegaron aislada, agravo la voz y digo:

-¡Oiga, otra caja por favor!.

                Y todos me miran asombrados, irrumpiendo un sonoro y repentino silencio mientras el encargado del supermercado saca unas llaves y abre el candado de una barandilla, dejando paso a la cajera que también me observa impresionada y que dice:

-Por orden de cola vayan pasando por aquí.

                El primer líder, el que se quejaba por esperar a que el lector de códigos volviera a funcionar, me observaba callado, celoso creo por la autoridad que yo acababa de estrenar; el otro, el pastor disidente que optó con malas maneras junto a su séquito por cambiar a la cola de al lado, disimulaba el malestar de que una loba solitaria como yo consiguiera lo que dos manadas no.

-Que vayan pasando en orden-, repitió cohibida la cajera pero nadie se atrevía.

                Así,  erguí la espalda, tomé aire y aunque no me tocara, pasé la primera triunfal, con la cabeza bien alta, pagando despacito las berenjenas y el salami. Hasta compré la bolsa de plástico, aún llevando una plegada en el bolso para ahorrarme como siempre los cinco céntimos de otra, porque ese momento fue glorioso, sublime; que hasta diez bolsas hubiera pagado solo por ver cómo los dos bandos dejaban pasar a una solitaria esquinada como yo, que con solo cinco palabras en alto ganaba lo que ellos perdieron con sus berridos.

                Ese día desaprendí a callar, a resignarme, a dejarme llevar o a dejar de hablar si no me dan voz; ese día aprendí, por pequeña que fuera la enseñanza, que muchas veces es mejor desaprender. Ese día el solitario ganó. Pero se me olvidó la miel para las berenjenas; por hoy, fritas y chimpón. No hay que vivir tan peligrosamente.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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