24. EL ESTRIPER SEGÚN SIMÓN

          Saludos a todos. Soy Simón. Verá usted, Don Urbano; con todo lo que tengo encima pensé en pasar por alto las dulces palabras que nos dedica a mí y a Don Floro, pero después pensé que precisamente por mi situación usted es como una especie de válvula de escape para mí, o especie a secas, que me entretiene cual mono de circo; aunque sinceramente a veces no entiendo su lenguaje ya que el “oink, oink” suyo no lo conozco, por bien que se me den los idiomas. A fin de prolongar esta estimulante relación, intentaré penetrar en los intríngulis de la lengua gorrina para comprender su dialecto, ampliamente utilizado en el contexto porcino al que usted pertenece.

                Como a medida que pasan los días sin encontrar trabajo el sentido del ridículo disminuye en la misma proporción que aumenta la necesidad de trabajar, acepté un empleo que llevaba viendo varias semanas en internet que estaba bien pagado y requería poco tiempo. A simple vista parecía un chollo, y en el fondo lo era pero tenía un defecto y era que a Paloma no creo que le gustara saber que su marido iba a tener la misión de, digamos, amenizar reuniones de féminas en pleno ataque de celo en despedidas de solteras y demás. Como había adelgazado un poco a pesar de la faja Flor de Musgo (post nº 12) y me había crecido el pelo hasta de la ceja (post nº 20), no estaba tan mal, así que me contrataron y mi primer encargo fue el cumpleaños de una sesentona, saliendo de una tarta disfrazado de Tarzán soltando su alarido, que venía a pelo porque el taparrabos me destrozaba lo que recogía estrujado en unos cinco centímetros de tela. A mi mujer le dije que encontré un trabajillo descargando camiones; por eso le extrañaba que en vez de los riñones me dolieran las ingles, pero es que yo no estaba acostumbrado a esos tangas. En fin, que le mentí pero tenía justificación porque llevaba un sueldo a mi casa y ganado de manera honrada, aunque reconozco que a veces vergonzante, y lo digo por ese día que hice un estriptis y luego desaparecí. Fue en una despedida de soltera y yo iba vestido de Rambo. El pantalón de camuflaje me iba grande y se me resbalaba dejando al aire ese alambre que tenía en el culo y que se suele llamar tanguilla. La camiseta de tirantes me estaba pequeña y si movía los brazos se me subía por encima del ombligo, así que procuraba tener la metralleta de los chinos bien baja intentando, a la vez, que la portañuela no se abriera porque el enganche lo tenía roto. Cuando llegué el ambiente ya estaba caldeado porque si digo que la novia y sus amigas eran la apoteosis de las chonis me quedo corto. Todas iban vestidas con un delantal rosa con lentejuelas en los tirantes y dos agujeros por donde unos pechos de goma se asomaban al balcón con una borla en cada pezón. Cuando entré muchas de ellas, que en ese momento inflaban globos gigantes con forma de pene, se asustaron con mi puesta en escena.

-¡CUIDADO!-, grité-. ¡VOY ARMADO!, dije, y le di al gatillo de mi metralleta de tres euros, acercándose todas a mí como moscas a una bombilla.- ¡SEÑORAS!- seguí-,para que se sientan seguras lo único que tienen que hacer es ¡¡¡EXCITARSEEEEE!!!.

                La ovación fue tal que hasta los camareros aplaudieron cuando levanté mi arma, metido de lleno en mi papel, y la camiseta se me enrolló hasta la altura de la sobaquera deslizándose sin querer el pantalón hacia el suelo para regocijo de todas. ¡Coño!. Tenía que disimular, así que me agaché despacito dejando que las que tenía detrás examinaran bien mi culo y me arranqué los pantalones lanzándolos lejos y cayendo sobre dos chicos, que se pelearon por ellos como si yo fuera una estrella del rock. Luego supe que eran dos “amigas“ de la novia. En fin, que siguiendo el protocolo en estos asuntos, me subí en una mesa y mientras intentaba hacer un ocho con la cadera me salió un cinco pelao porque al quitarme a la vez la camiseta, las patas de madera se quebraron y del jardalazo la ametralladora se estropeó, y en vez de disparar se accionó el botón 2 de grandes éxitos del chunda chunda chino, así que aproveche y me puse a bailar el estropicio poniendo una sonrisa malvada en lugar de echarme a llorar por el dolor del golpe. Lo curioso es que aquella situación casi me gustaba. Estaba descubriendo cosas de mí que no conocía porque aparte del dinero, cien por la actuación más las propinas que estas fogosas lascivas metían en el tanga, había una parte de excesos que por la educación que recibí siempre consideré mejor evitar, y aquella era la mejor prueba de que estaba equivocado. Uno es una mierda solo si así se siente y no porque de esta manera le traten los demás. Con mi Norte en Paloma, mi Este y Oeste en Manolín y Juanito y mis pies en el Sur, pisando férreo el suelo que me sujeta, no hay forma alguna de que me desoriente. Ya me destrozaron la dignidad cuando me quedé sin trabajo y cada vez que me dicen que no me quieren contratar, no ahora que bailo casi en bolas con unas desconocidas que se divierten y a las que divierto desinhibido, loca por un día, como los dos afeminados de fondo que se unen descocadas a la fiesta subiendo el volumen de los grandes éxitos de mi ametralladora china. Qué situación más extraordinaria; lo pasé genial. Me sentí choni, maruja, homosexual, camarero, dj y qué se yo más; y todos me respetaban. Me liberé totalmente de prejuicios y sentí la libertad en estado puro, perfecta. Perfecto hasta que retomé mi papel de Rambo. Agarré del delantal a una de ellas y me la acerqué pausadamente.

-Eres malota-, le susurré echándole el aliento en el oído.

          Luego la empujé como hacen los muy machos, con tan mala  suerte que pisó un globo superpene y rebotó contra mí, chocando su cabeza contra la mía, y la mía contra la del de atrás, una de las dos reinas. Lo siguiente que recuerdo es el olor a hospital y la cara de mi Paloma sin quererme mirar.

-¿Te gustaría que yo también bailara?-, me respondió ella después de que le explicara lo que sucedió, y le negué con el gesto-. Pues entonces sigue bailando con ese tanga pero solo delante de mí, que yo también te dejaré propina.

                La entiendo y creo que ella también a mí cuando le conté esa sensación que tuve de espacio, de holgura, casi de orden dentro del caos del paro; de absoluta libertad. Lo que no entendió es por qué el amigo de la novia contra el que estrellé mi cabeza no paraba de repetir, mientras le vendaban la suya, que había sido su mejor fiesta, y de lejos me pedía el teléfono para volverme a contratar; quizás él también encontró en ese momento un reducto de felicidad.

Querido diario: he vivido un instante en mi vida en el que he tomado plena conciencia de lo que es o no verdad. Con solo unos minúsculos calzoncillos y una ametralladora de plástico nunca me he sentido más protegido. Rambo siempre será para mí mi héroe particular.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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