22. LA MATERNIDAD

 

                Llegamos al mundo desnudos aunque cargados con una maleta en función de nuestro sexo que va a marcar el resto de nuestra vida. En ese equipaje no solo hay ropa, de hombre o mujer según el caso, sino también prejuicios, ilusiones, obligaciones, deseos, derechos o esperanzas, y todo acorde al azul o rosa con el que nos adornen. Pero ocurre que los tiempos cambian y que esa identidad propia, ese camión para niños o la muñeca para las niñas evoluciona e incluso se invierte y nos hacen iguales, borrando los signos que nos han distinguido. Como soy mujer, y además consciente de todo lo que eso implica, voy a ejercer un derecho a defenderme, a desprenderme de un lastre que siempre hemos sufrido y a lo que esa pretendida igualdad no ha llegado ni llegará. Partiendo de la obviedad de que la maternidad es una realidad exclusivamente femenina, también lo es que esa función conlleva una serie de exigencias que van más allá de poder engendrar a un niño. Si a una persona le escayolan una pierna a nadie le extrañaría que ésta se quejara por la desesperación de la inamovilidad, por la imposibilidad de hacer lo que normalmente hacía, por la falta de sueño o por la susceptibilidad debida al cansancio. Sin embargo, si es una mujer la que emite tal descontento, e incluso con las mismas protestas pero referidas a la crianza de un hijo, se le tilda de inmediato de mala madre; porque dentro de ese equipaje que nos asignaron al nacer también introdujeron el sacrificio como algo implícito a nuestra condición de mujer. La abnegación, que la costumbre pretende que sea siempre un referente en todo lo que concierne a la maternidad, es tan cruel como la propia decisión de aceptarla, a pesar del tributo que conlleva que, como poco, es renunciar a la queja aparentando una autosuficiencia que muchas veces no tenemos ni para nosotras mismas; así evitaremos ser objeto de crítica a cambio de una palmadilla en el hombro en forma de halago, calderilla en comparación al lujo de vivir plenamente la experiencia de tener un hijo, que es lo que más quieres de este mundo pero que resulta ser un pintaojeras profesional por todas las noches y días en vela que te hace pasar. Una cosa es la generosidad de una mujer hacia su hijo cuidándolo a jornada completa las veinticuatro horas del día y otra bien distinta abandonar cualquier reducto de intimidad hacia una misma en pro de demostrar que es capaz de construir sola una bomba atómica aunque no lleve instrucciones o estas vengan en chino. Yo no quiero asumir tal gloria ni conseguir esa heroicidad; lo que quiero es tan simple como dormir, tiempo para mí, recuperar la vida que antes de tener un hijo tenía viviéndola mejor ahora que él forma parte de ella. Pensar que una madre es un ser desgraciado y solitario, abandonado a su agotador sacrificio y a lo que la sociedad elogia por privarse de sí misma es un atraso propio del analfabetismo, de un lugar donde solo viven machos y hembras y no existen personas. Ésa es la mujer en su puesto de madre. Pero en la misma línea hay otro cometido para todas aquellas que por el motivo que sea no tienen hijos y es, si cabe, más duro que el anterior; ese oficio resignado de cuidado  con el que nos cargan se extiende a la atención ahora hacia los propios padres, en una responsabilidad donde todos los hijos deberían cooperar, pero no es así. En el mismo orden machista, el deber de asistencia a los mayores se atribuye a las hijas sin escrúpulo alguno, admitiendo que, sea cual sea su ocupación, es un añadido al que debe responder por ser mujer. El problema aquí es que, a la injusticia de verse inmersa en esta situación, se le suma la de ser consciente del egoísmo e indiferencia de unos hermanos de remozadas ideas vanguardistas hacia sí mismos pero de bastón y encajes cuando la tradición que lo manda les beneficia. Pero no hay que engañarse; alguien que te carga tal yugo no es un hermano, es un cabrón desconocido que nunca ha querido, ni siquiera a sus propios padres. No encuentro satisfacción al decirlo; tan solo quiero recalcar la soledad de millones de mujeres que viven viendo pasar la vida alrededor sin posibilidad de elección, de decir no para evitar el remordimiento que supondría contravenir una ley no escrita que nos marca de nacimiento con el sello de la opresión. Hijos que criar, padres a los que ayudar; si no hay hijos ni padres, sobrinos en verano y puentes, e incluso primos lejanos en las fiestas de guardar. Múltiples son las posibilidades de hacer de la mujer una caja de resonancias de oídos sordos donde hacerlas callar para evitar que las viejas les corten trajes a medida, aunque a mí me da igual; desnuda llegué al nacer y así me quiero quedar, si acaso con mi abrigo de púas puesto.

                ¿Alguna ha sentido que esa aventura que es tener un hijo hay veces que te sobrepasa y no te quieres quejar para que nadie te juzgue mal?, ¿hay quién ha sufrido el egoísmo de los demás, encargándote cometidos que no deberían ser para ti solo y que encima te crean cargo de conciencia si los rechazas, aunque nunca los hayas pedido?.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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