20. EL ACTOR SEGÚN SIMÓN

          Saludos a todos. Soy Simón. Hoy ando un poco escaso de ánimo. Quizás sea porque de la lista de la compra de ayer tuve que devolver algunas cosas porque el dinero no me llegaba; yogures, latas de atún…, en fin, lo que no es imprescindible para vivir aunque a mis hijos les encante, y eso es lo que me mata, que sin faltarles lo básico no les puedo dar ni un solo capricho por barato que sea. Mi mujer dice que exagero, que entre el paro y lo que le dan a ella por la limpieza podemos tirar. Paloma es extraordinaria; es un gigante encogido en un cuerpo de mujer pequeñito que no deja espacio a nada malo que pueda entrar. Ella misma se reía con ganas cuando le dije que me habían llamado del casting al que me presenté la semana pasada, aunque yo no le encontrara la gracia a ser escogido entre más de cien por poseer a rajatabla todas las condiciones que pedían: look de friki futbolero con pinta de profesional  de las cañas, y lo peor, dispuesto a un cambio drástico de imagen. Ya me mosquea bastante que me confundan con un horteras experto en curdas como para que encima tenga que aguantar los cachondeitos de mi mujer imaginándome con cresta, o calvo, o… yo qué sé. Lo que tenga que hacer lo haré por los quinientos euros que pagan. Las alternativas son pocas: o mantener mi apañada pinta de parado sin quinientos, o cobrarlos con los ojos cerrados. Ya sabré después, por las risas de Paloma, la facha que me han dejado.

                Llegué a las oficinas y me llevaron a una sola grande llena de focos con un escenario cutre de cartón al fondo. A momento apareció una señorita con un maletín que abrió a mi lado, lleno de pinturas.

-¿Tú eres el del anuncio, no?- decía, pintándome la cara con una brocha.- Anda, qué piel tan delicada tienes- añadió, sin dejar de embadurnarme. -Mira, ahí hay unas ropas; póntelas- y se marchó.

                Me vestí con unas prendas muy anchas y esperé callado escuchando un bullicio que se acercaba. Con un sonido seco se encendieron los focos fijando su luz en la barra de bar que había en mitad de la habitación; sobre el mostrador comidas de atrezo, vasos llenos por mitad y cuencos con frutos secos.

-Hola, rey-, me dijo el que parecía el director, sacudiéndome la espalda.- Vamos al tajo-, se rió y cogió el guión, dándome a mí un folio.- Mira, esto es un anuncio de cerveza. Tú estás viendo el partido en el bar, bebiendo aburrido una caña…-, abobó la cara- … y harto de que tu equipo vaya perdiendo. De repente alguien a tu lado se pide una cerveza “CHIFLA”  y cuando el camarero la abre los tuyos marcan un gol. ¡¡¡Gooool!!!,- se levanta,  corre con los brazos en alto y luego se sienta y me acerca con misterio su cara.- Tú te das cuenta de la coincidencia y pides otra para ti.

                Los demás figurantes iban tomando posiciones, uno de camarero tras la barra, y otro de cliente junto a mí.

-Oyes caer el sansón, pero no pasa nada…-, extrañó el ceño-. …pero cuando tomas el primer sorbo se te abre la camisa y te sale un montón de pelo en el pecho. ¡¡¡Aleluyaaaa!!!-, gesticula el milagro y, mientras me habla, me colocan una especie de pubis acaracolado en el escote y luego lo esconden cerrando la camisa con velcro-. Cuando bebas, tú aprieta la pechera y la pelambre se te abrirá.

                Aquello empezaba a picar.

-Aquí es cuando tomas un bucho largo y te miras el cuerpo esperando un cambio, pero no pasa nada así que te terminas el botellín y es en ese momento cuando te conviertes en un …-, sube la voz y grita-… ¡¡¡dios griegoooooo!!!. ¡Los músculos te rellanan la ropa!, ¡ja, ja, ja!. ¡Eres como una roca!- saca sus minibiceps y parece que va a bailar una jota-. Pero…,¡ oh!…- sigue este loco, ahora con tristeza-…la bragueta no está tensa; necesitas otra cerveza pero solo queda una CHIFLA y el otro cliente la ha pedido a la vez. Tú vas entonces y dices: “haría cualquier cosa por una CHIFLA”- lo entona de forma majestuosa y se vuelve a sentar.- Venga, cuando grabemos esto ya te vuelvo a contar lo demás- se irguió y esperó a que me pusieran en piernas y brazos unos artilugios que, una vez hinchados, me convertirían en un musculado ídolo sexual.

                Hasta aquí más o menos bien, incluso cuando saqué pecho para airear las cerdas que me pegaron, pero cuando me abultaron como un culturista, la frase esa de “haría cualquier cosa por una CHIFLA” salió de un estreñido que la tuve que repetir dos o tres veces más. Lo peor estaba por venir porque de repente dos peluqueras, una armada con una afeitadora y otra con botes de espráis, me cubrieron de cuello abajo con una capa de plástico. “No te muevas, guapetón, que hasta el Jorge Cluni te va a envidiar”, dijo la de la máquina, y me empezó a pelar con movimientos raros, círculos y cruces, que no podía mirar porque ella y la otra me tapaban con sus cuerpos el espejo.

-Ahora- se sumó el director-, como para conseguir la cerveza te has puesto esta pinta, el camarero te la da;  sonríes chulito a la cámara y te la zampas de un solo trago y ¡alabado sea dios!, tu bragueta se ensancha tanto que parece que va a estallar. ¡Qué fenómeno, qué portento!- se aplaude a sí mismo-. Y ya es el final. Puro machote por la cerveza, con un primer plano abres bien los ojos y, con una buena sonrisa sueltas un ¡ME CHIFLA LA CHIFLA!.

                En este momento se apartan las dos chicas y dejan que admire su obra terminada. No sé cómo catalogar la impresión. El espejo parecía una televisión con otra persona, aunque yo estaba en el centro, con la mitad de la cabeza rapada menos una espiral azul, y la otra depilada en zigzag, teñida en multicolor y a juego con una ceja. A la izquierda las dos peluqueras sonrientes y a la derecha el director, agitando una especie de suspensorio que me colocarían sobre los calzoncillos para engordarme la entrepierna. Qué imagen más rara, casi tan sicodélica como mi peinado, observando en el reflejo cómo desinflaban mi fornido cuerpo y la capa de plástico se arrugaba.

                “¡Acción!”-, gritó uno, me bebí la cerveza y la bomba de aire estalló en mis huevos. Madre mía, qué dolor. Sonreí o lo que fuera, y abrí bien los ojos pero no sé si por el escozor del tinte o por el golpetazo en la bragueta una lagrimilla apareció. Al fondo el director levantó un cartelón que recordaba mi frase “ME CHIFLA LA CHIFLA”. Y yo casi sin aire, y parecía que lloraba, y todos me miraban, y mi paquete me agobiaba, y mi frase se me extravió y solté un “ME APRIETA LA CHIFLA”. Murmullos, risitas y otro ¡acción!. Esta vez, avisado del impacto, me encogí un poco y levanté la pierna con tan mala suerte que la presión del golpe no fue a los soldados sino al general. Aquello era insoportable pero sonreí y un lagrimón se me escapó. Sentí ahí abajo los latidos del corazón y volví a meter la pata: “ME CHIFLA LA PICHA”, grité y no sé si se escucharon más alto las quejas o las carcajadas. “Por favor… ”,- pregunté, abriéndome la portañuela- “… ¿no podéis cambiarme esto por un calcetín o lo que sea?”. Ni caso. La tercera toma tampoco fue correcta, y eso que ya estaba casi solucionado el anterior problema por la insensibilidad absoluta de mi masculinidad. Lo que pasó es que en mi “ ME CHIFLA LA CHIFLA”, dejé la última “A” en sí sostenido, algo así como “CHIFLAAAAAOOOOOUP””, porque ya conocéis mi flatulencia, y del eructo que se me escapó por la cerveza no se libró ni el director, que bajó despacito, casi con nostalgia, el  cartelón y se abanicó con él. A la sexta vez todo se arregló; salió bien, me pagaron mis quinientos y me marché con el puntillo gracioso de media docena de cervezas y un look de macarra que divirtió a mi mujer, que no paró de reír hasta que supo que “mi general” estaba herido en combate y permanecería en reposo absoluto hasta nueva orden.

                Un último inciso para mi amigo Don Urbano. Verá usted, Don, termine la rima:

Si mi nombre es Simón y el suyo Urbano,

¿por qué siendo usted bujarrón tiene tan pequeño el… ?.

Querido diario: me he rapado el estropicio que me hicieron, he perdido una ceja por la alergia y, por si fuera poco, parece que la sangre aún no llega a todas las partes de mi cuerpo. Manolín y Juanito se entretienen poniéndome pegatinas en la calva mientras Paloma me pinta la falta de ceja con distintas expresiones, de sorpresa, de enfado, de duda, para jolgorio de mis hijos. Esta maravillosa familia que tengo me enseña, como siempre, que por muy mal que vengan los días, estando juntos hay motivos de sobra para sonreír.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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