19. EL PODER DE LAS PALABRAS SEGÚN FLORO

          Ola, soy el Floro otra vez. Estuve hablando con ella de un tema que no entendía bien porque decía que las palabras, según ella decía mismamente, tienen un poder gigantesco capaz de mover montañas. Y eso era mu´ raro porque, por cerrado de mollera que parezco, tengo la mente bien clara y que una palabra, incluso una sola letra moviera los montes…, no sé. Si lo llego a saber se lo digo a mi amigo el Eleuterio de esta manera: “Eleuterio, que una sola letra puede mover una peña”, porque el pobre tardó más de dos años en poder plantar en llano sus tomates porque una loma en la campiña se lo impedía y el alcalde le decía que así porque sí no la podía quitar, porque una cosa era que la naturaleza decidiera eliminarla y otra que mi amigo la borrara del mapamundi para sus cultivos con máquinas de escavar. Asín que el Eleuterio se sonreía cuando llovía porque con los turbiones la tierra se escurría y la montaña se achataba y,  sospechosamente, desde la tasca del cojo, a veces se oían truenos que venían en plena sequía de los sembrados y mi amigo, entre cañas, explicaba que podían ser tormentas eléctricas que se formaban por la conflunción del calor con las partículas positivas del aire en ebullición, o quizás también maniobras de los militares, que hay que ver el ruido que hacen, aunque yo notara o notase cómo disimulaba con toses el sonido de los explosivos que su sobrino ponía en el monte. Pues eso. El poder de las palabras. No entendía nada hasta que pasó esto que voy a contar, porque tiene coj…, tiene descrotos que pase lo que pasó. Pues eso. La cosa es que mi vecino, el Prudencio, llegó un día a mi casa descompuesto, pero no de lo de la barriga sino de nervios, porque decía que cuando compraba banderillas picantes en los encurtidos de la plaza se encontró con el Agustín, un amigo de los dos, y lo vio muy delgao.

-Hombre, eso es normal; hace poco que murió su madre y la echará de menos- le dije yo.

-Que no, Floro, que no es eso- me decía él, todo angustias-. Es que estuve hablando con él  y cuando se fue se le cayó un papel de la bolsa que llevaba y…- se quedó callado.

-¿Y qué, leches?- dije yo, con los ojos redondos de curiosidad.

-Pues…- dijo él-…, que lo que ponía el papel es…- Mira- y sacó un papelito del bolsillo-, léelo tú.

                Lo cogí y se me erizó la espalda cuando lo leí: “SOY ADICTO A LA COCAINA POR CULPA DE MI MADRE”. ¡Coño!. Esto no era moco de pavo sino gargajo de elefante. ¡Adicto a la cocaína!. Que el Agustín fuera un  droguista era raro de por sí, pero que lo fuera por culpa de su madre era raro de coj…. Pues eso. Anda que no era hasta hace poco un buen mocetón, que las mujeres del pueblo hacían turnos para pasar por la obra y verle brillar el sudor en sus pechos peludos. ¿Y esa madre?, un cacho de pan, pendiente de su hijo, que le llevaba fiambreras de sobra al trabajo aunque tuviera que andar más de tres kilómetros bajo el sol y con las almorranas del tamaño de una ristra de chorizos. Madre mía, pobre Agustín; qué mala es la droga. Si su mamá resucitara no creería que ese hombretón que ella crió con cariño, lentejas y educación se hubiera convertido o converso en un yonki, que me ha dicho el Prudencio que esos son los que se drogan, y no lo que decía yo, que creía que eran los que vivían en los Estados Reunidos, que esos se llaman yanquis, que una “o” de una “a” separa el significado con montañas, que parece que nunca aprendo a escalar. Antes robusto y cuadrado y ahora un espárrago ladeado, encorvado y consumido, siempre agachado. Qué pena; adicto a la cocaína y encima por culpa de su madre. Tengo que hacer un gran esfuerzo por imaginar a esa mujer haciendo algo malo contra su hijo pero lo cierto es que uno nunca sabe lo que con la luz apagada hace la gente cuando naide le ve. Asin que esa noche, cuando me enteré, no pequé ojo porque cada vez que los cerraba veía al Agustín fregando con la lengua el suelo de su casa mientras su madre se prostituía y le obligaba a mirar cuando alguien le pedía que le zurrara. Yo qué sé qué más y peor se me ocurría. Esa memoria bonita que de ella tenía se disfumó; qué pena me dio. La cosa es que como me afectó se lo dije al Prudencio y quedamos los dos en hablar con el Agustín. Fuimos a su casa y nos abrió la puerta en calzoncillos, que tenían tan cedidas las gomillas que casi se le escapa la churra sin darse cuenta de ná- “Hombre, Agustín, que se te escapa la churra”, le dije yo, sin que  el otro hiciera ná. Asín que el Pruden le hizo un nudo a cada lado para que no se le escurrieran los gayumbos y entre eso, que parecía un pañal, y los ojos, que los llevaba to atomataos, casi nos echamos a llorar cuando no nos dejó pasar con la excusa de que se había pasado toda la noche leyendo. Y como en el dispensario del pueblo el A.T.ESE que nos pone las indecciones es muy apañao, se lo contamos para que nos ayudara, y él se lo dijo a la médica, la Mª Dolores, que también era muy salada, y ella pensó que sería bueno que lo supieran los servicios sociales por si hubiera o hubiese que ingresarlo y empezar a darle la mercadona. Pues eso, que yo, el Pruden, el A-T.ESE, la Mª Dolores y el de los servicios sociales formamos un comité y nos fuimos todos juntos a la casa del Agustín mientras por el camino se nos iban uniendo los que se iban enterando y querían ayudarle. “Pues parecía buena mujer; hay que ver lo que hacen las apariencias”, decía uno. “Pues sí. Pobre Agustín. Qué madre más perra”, decía también otro. “¿Y si se ha hecho chapero?”. La cosa es que entre unos y otros la cuadrilla era de más de quince y cuando el Agustín nos abrió, todavía con el pañalón, no sabía qué decir.

– “Hola”, dije yo, y le saludé con la mano-. ¿Podemos pasar?.

                Cuando se echo a un lado y entramos, en vez de encontrarnos la casa con orines, botellas vacías de alcohol y jeringuillas por todos lados como sale en las películas, había un orden y una limpieza que ya querría yo. El Agustín suspiró y se fue a su cuarto y nuestra pandilla de quince le siguió.

-Pues veníamos a ayudarte-, le dijo la Mª Dolores.

-¿A qué?- , dijo el Agustín recogiendo los papeles que había sobre la cama, algunos unidos con tiras de croché y otros cosidos con lazos.

                Encima de la mesita de noche tres jarrones con flores frescas adornaban una foto de la madre.

-Hombre, Agustín-, dije yo-. No hay más que verte; estás hecho un fideo de los de la sopa.

-Podemos ayudarte a salir de la droga- dijo el A.T.ESE.

-¿Qué droga?- y el nudo en su pañal  se desató dejando al aire el otro fideo de la sopa.

-No disimules, Agustín, que lo sabemos todo-, dijo el Pruden dándole un pantalón junto a la nota que se le cayó para que la leyera.

                Cuando lo hizo se encogió de hombros y se dejó la bragueta abierta.

-¿Pero cómo…-, siguió mi vecino-…, que eres adicto a la cocaína y te da igual?-, el Agustín arrugó la cara-. Pero míralo, si lo dice aquí-, y el Pruden le enseñó otra vez el papelito que el otro cogió y leyó con más tranquilidad, sentado sobre la cama.

                Pues eso. ¿Saben ustedes lo de que el colmo de la estupidez es aprender que luego hay que olvidar?. Resulta que el Agustín pasaba las noches leyendo las recetas de su madre y luego las cocinaba y se las regalaba a los amigos porque desde que ella  murió la tristeza no le dejaba comer. ¡Coño, qué patón!. El día que el Prudencio recogió del suelo la nota, el otro venía de regalarle una tartera al de los encurtidos de la plaza pero el papelillo se voló levantando un torbellino de mierda pa´mi y pa´ti, eso sí, con buena intención. Y todo por un lamparón, una sola palabra; el poder de las palabras. Por una gotita de aceite sobre la “i” de cocaína convertimos en puta como poco a la madre del Agustín, a éste en droguista y a nosotros en pofesionales del género tonto puro. Nada de “SOY ADICTO A LA COCAÍNA POR CULPA DE MI MADRE”. Más bien “SOY ADICTO A LA COCINA POR CULPA DE MI MADRE”.

-La echo tanto de menos-, decía el pobre agarrado a sus recetas.

                Al día siguiente, el remordimiento de haberla puesto verde hizo el agosto en la floristería; en su tumba los ramos se caían unos encima de otros tapando la culpa de haberla puesto a parir.

                Sí señora; el poder de una sola letra, como ella decía. Por cierto, Don Urbano, quiero que sepa que yo a usted nunca le mandaría ajoporro sino a joderse un porrón, que no es lo mismo pero lo parece. ¿Entiende o no?-

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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