18.EL PERFUME

          Estoy entusiasmada; me han regalado una colonia de esas que nunca me compro porque valen más de diez euros. Sé que no está bonito hacerlo porque es un regalo y a mí me han enseñado que, sea lo que sea lo que se hayan gastado, hay que agradecerlo, pero la tentación de saber cuánto había costado podía más, así que lo ojeé en internet y cuando vi los ochenta y dos euros me eché a volar, imaginándome como la del anuncio de la tele, que en cuanto se echa unas gotitas un macizo va y la aborda, y ella se deja y echa atrás la cabeza, y él la huele, y más se le acerca ese semidiós venido de la nada, etéreo, duro, cincelado por querubines delicados que lo esculpen, vestido solo con un minibañador tan pequeño que hipnotiza ver ese bulto, que por otro lado es enorme y lleva seguro premio, que natural no puede ser tal envergadura, que si es de atrezzo no es un calcetín sino leotardos el relleno. Ese hombre aspira mi olor y yo me echo más porque me acaricia las piernas que tengo sin depilar y que pinchan, pero él no lo nota porque está hechizado por el aroma, y tampoco advierte que mi ropa interior me llega al ombligo y que tiene holgueras las gomillas de tanto estirar para abarcar este inmenso culo que tengo. Qué perfume tan perfecto. Y me tumba la cabeza tirándome del pelo y no ve que mi tinte tuvo mejores tiempos, aunque peine sin éxito con sus dedos los nudos que me hizo el vendaval de esa mañana mientras salía del súper buscando desesperada hamburguesas. Solo ochenta y dos euros, un solo billete de cien y encima con dieciocho de vuelta, por los que ese chulazo me empotra con sus exuberantes salientes contra una hamaca que ya empieza a crujir del peso aunque esté yo sola pero él no lo oye, flotando en su halo de olor cual burbuja que eleva mis lorzas hasta el infinito y más allá de esta celulitis que me ametralla los muslos con el tacto de un aguacate aunque éste los sobe como piel de melocotón. Ni siquiera nota el aliento que tengo, que hasta a mí me atufa, que en todo el día llevo solo una barrita saciante, a ver si me libro de alguna arroba; que cuando tengo necesidad de comer se me descompone el vientre y este puro macho me aprieta con su fornido andamiaje y a mí se me va a escapar otro halo, una ráfaga no tan bienvenida por la nariz como ésta que ahora se huele. Está bueno, hay que reconocerlo, y encima no me tengo que esforzar en aparentar ser muy interesante porque por el físico, salvo encomendarme a algún santo, nada tengo que hacer, pero es que me empieza a cargar un poco. Es verdad que cuando me mira a los ojos no se percata de que mi crema del contorno es de las baratas, ni de que los rigores de la resaca es una consecuencia tan ineludible del garrafón como la ley de la gravedad en mis pechos, pero lo cierto es que este guaperas parece un yonki, siempre esnifando, con las napias abiertas, hurgando lánguido las esquinas de mi cuerpo que, bonito no feo, cuerpo mío es, y nadie debería ir oliendo a los demás, Y aunque le agradezco que me considere irresistible yo no me lo acabo de creer, que se le ve un poco afeminado, con esa cinturilla de avispa y esas ingles sin pelambres, que hasta yo tengo más en las cejas, y venga a oler, venga a oler, que me tiene ya hasta los huevos, siempre oliendo, y despacio, como al acecho, buscando una presa con alguna estela de ese perfume que a mí ya me empieza a oler a mierda. Harta me tiene ya este pelagatos de tanto toquetearme. Venga ya, hombre; cómprate tú la colonia y te la chorreas por todo el cogote, que yo no la quiero. Anda y que te den.

                Estaba entusiasmada, es verdad, como también es que ahora no lo estoy. Accidentalmente golpeé el tarro y los ochenta y dos euros se desparramaron por todo el suelo del cuarto de baño. No sé por qué pero, desde ese día, cada vez que me siento en la taza del váter noto cómo ese varonil y robusto semental regresa y es ahí cuando me pongo contenta y le quito importancia a su cinturilla y a la falta de pelos en las piernas; le dejo que me huela, que me embadurne y se aproveche de mí pero de repente se va porque su perfume se evapora con los olores propios de ese lugar. Menos mal que siempre me quedará mi frasquito de colonia de menos de diez euros con fumigador incluido; con él todo es realidad. Ahora ya sé por qué son tan caras esas esencias; con ellas compras la felicidad aunque tú sepas que no es de verdad.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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