16. TÉCNICAS DE VENTA SEGÚN SIMÓN

          Saludos a todos. Soy Simón y parece que aunque las cosas sigan mal no me harto. Que los cursos y yo seamos incompatibles es tan cierto como que el vinagre y el aceite se repelen, pero también lo es que ambos van juntos con la sal para aliñar una ensalada. Esto queda muy bonito para hacer un silogismo en el que la premisa superior sería “lechuga“ y la inferior “aceite, vinagre y sal“, siendo la conclusión “ ensalada“, aunque en el argot de los buscaempleos como yo quedaría de la siguiente manera:

*Premisa superior : lechuga = paro.

*Premisa inferior: aceite, vinagre y sal = cursos y asistencias, por supuesto diplomadas.

*Conclusión: lechuguino en paro, rancio y avinagrado por falta de salario y sobra de títulos.

            Este último curso de técnicas de ventas para comerciales era como todos los demás, pero incluía una novedad y era que al final, como examen, teníamos que culminar una venta real que ellos se encargarían de gestionar. Aquello era como lo del jamón (post nº 8), que a lo mejor te contrataban, aunque al menos aquí no pagué por las cuarenta horas en las que sacié mi más profunda curiosidad por cuestiones que formaban parte de la esencia de mi vida, como qué es una venta,  tácticas de venta o eso del Feedback, que es la forma cool chachi de denominar lo que comúnmente se conoce por manipular. Básicamente me intentaron enseñar a ser un mentiroso simpático, a acariciar el lomo del comprador  mientras le engaño con alegría o a contar chistes a la vez de callarme que la garantía de un producto se llama así porque te garantiza que no garantiza nada. Y llegó la prueba; me tocó el sector inmobiliario. Tenía que mostrar el único piso de nueva construcción que quedaba por vender en un residencial con piscina y jardines, zonas de arboleda, pista de tenis…, en fin un pisazo de 280.000 € que ya quisiera para mí. En un año habían pasado por allí más de cien compradores pero ninguno lo compró, y era extraño porque los demás, aún más caros, se vendieron sobre plano. Esa mañana mi examinador no se separaba de mí, mirando su reloj con impaciencia. Por fin apareció el matrimonio.. “Ya sabes”, me dijo antes de desconyuntarse la boca con una sonrisa; “empatiza”, siguió y escuché el crujir de su mandíbula. Un portal extraordinario, un ascensor parlante amplio y cómodo y el piso…, ese piso. Madre mía. Yo siempre he pensado que cuando a uno le van mal las cosas es bueno saber que hay otros que pueden  estar peor, que compararse con algo mejor es fustigarse mirando escaparates de pasteles que nunca vas a probar; que más inteligente es contentarse de que lo nuestro, malo, aún no ha empeorado. Pero es que las pocas neuronas de inteligencia que guardo para esa función le dieron su paso a la más verde envidia en mitad del salón de aquella inmensa y blanca vivienda de enormes ventanales, rodeada de arboleda con cantos de pajaritos y mariposas flotando, una cocina con, más que una isla, un continente en su centro, dos cuartos de baño y un aseo que ya miraba con lágrimas en los ojos y cuatro dormitorios que con la llantera casi no pude admirar. ¡Coño!, y yo que me quejo cuando  en mi casa toca limpieza general; hacerlo allí supondrían dos meses de trabajo. Por eso creo yo que los pobres tenemos pisitos recogidos porque, aparte de trabajar para los demás, nos sacamos un extra abrillantando mansiones como esta, quedándonos muy poco tiempo para la roña de nuestro hogar.

Los compradores sonreían extasiados con el piso mientras yo ejercitaba los imprescindibles conocimientos que había adquirido en el curso de comercial.

-“Fíjese qué sensación de espacio y confort desprenden las habitaciones”, les decía, reconcomiéndome en el cochino rencor de no poder vivir allí. “La calidad y el diseño están presentes en todos los detalles”, añadí.

-“Qué bonita es”, la clienta se giraba en las estancias mientras su marido asentía y mi examinador parecía orgulloso de mí.

            La felicidad, unida a los trinos de los mirlos, ambientaba aquella ensoñación hasta que un alarido de los vecinos se coló:¡ me cago en to tus muertos, so cabrón!. Y ahí fue cuando comprendí un principio básico: da igual lo que comas, da igual lo que bebas; al final todo sale por el mismo agujero, allí donde el inquilino de al lado iba a mandar mis esperanzas de aprobar. “¡Comemierdas!”, y el matrimonio se miró, pálidas sus caras. Era la hora de aplicar  las TÉCNICAS DE VENTA:

-RECIPROCIDAD: es cuando haces algo por alguien y creas una especie de obligación en el otro. A punto estuve de llamar guapo al marido pero aparte de, o bien partirme la cara o bien conseguir su teléfono, no iba a vender el piso así que pasé a la siguiente.

-PRUEBA SOCIAL: que es como un hecho verídico de otro y con final feliz. “Pues verá usted, un  día malo lo tiene cualquiera y estos vecinos de al lado…”, les decía yo a los clientes, recordando a los más de cien compradores que durante un año habían pasado por allí y escuchado los mismos gritos. “¡Como llame a la policía te enteras, so mierda, que ya hace tiempo que estás fichao!”. Obviamente pasé a la tercera regla.

-AUTORIDAD: “el administrador de la comunidad está siempre pendiente de cualquier problema que… “, le mentía cuando se volvió a escuchar un “¡so perra, que eres hasta más puta que tu madre!”. En fin, que no me dio tiempo a aplicar los otros métodos de persuasión  porque el matrimonio salió zumbando de allí con mi profesor dándole coba.

            Examen suspenso; título sí pero trabajo no. Un poco más de lo de siempre. En mi bloque no hay jardines, ni lujosas viviendas que nos hagan sentir parte del entorno, ni piscinas, ni arboledas excepto los chopos de la acera, pero sí tengo buenos vecinos con los que contar. Me sentí tan reconfortado con esa idea que hasta sentí pena por los que vivían allí, rodeados de un aire espeso que se les colaba por las rendijas apestándoles la casa con sus insultos y gritos. Lo que saco en claro, que todo tiene su enseñanza, es que el dinero no es suficiente; que me lo digan a mí, que no tengo ni un céntimo, ni trabajo, y me flaquean ya las esperanzas, pero con Paloma, Manolín y Juanito a mi lado soy el parado pringado más feliz del mundo.

            Por cierto, y esto va para Don Urbano: lo de “apelativo relativo al mundo masculino de nuestro ganado caprino” (post nº 13), ¿soy mal pensado o es que me ha llamado cabrón?. Verá usted, Don Urbano, lo digo porque soy persona calmada, de buen carácter y justo, creo, en su medida, y justo es decir que en ese mundo caprino usted está como una chota, amigo mío; es la reina mora de las cabras, la reinona del mundo masculino de nuestro ganado, el cabrito mayor. Y todo dicho sin inquina; usted lo imaginará también. Y bravo por Don Floro, que parece que no, pero se sabe defender bien.

            Querido diario: hoy me he sentido mal porque he hecho algo malo; he intentado engañar a un matrimonio en una venta a cambio de una posibilidad de trabajar. Mi desesperación cada día llega a más. Me pregunto si esto irá in crescendo porque si es así debo empezar a buscar otros temas más específicos para mí como cursos de autoestima o un curso para recuperar la dignidad.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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