14. ESPERANZAS

          Aquí estoy de nuevo, y hoy grave, solemne, tocada y ácida por ti, miserable, chapero de almas. Es por tu culpa y parte de otras como la tuya que he permanecido atada a mis rencores resignada a la idea de que no hay solución que sane la condición humana. Allí estabas tú, desgraciado inmune a la honradez, ojeando como yo en el mercado de antigüedades que cada domingo exponen en el bulevar de Córdoba. Tallas de marfil, restos de hierros oxidados con una historia que desconozco, monedas, botones, espadas, esqueletos de pistolas, y un objeto en cuestión, diana de tus propósitos: una vinajera usada para la Consagración. Eran dos recipientes de cristal sujetos en un solo armazón plateado, sobre una bandeja. Brillante y limpia, resaltaba de la oscuridad de la suciedad que sobre el resto de la mercancía hicieron los años. Un hombre se aproximó a la mesa y la estudió muy interesado.

-¿Tampoco la ha vendido esta semana?- preguntó al vendedor.

– No, padre, no ha habido suerte- contestó éste.

 Con un par de pasitos, me aproximé al tenderete y ojeé a aquel señor tan educado, fija en su alzacuellos.

– ¿Y no baja de treinta euros?- insistió-. Ya llevo varias semanas viniendo.  Veinte euros y me la llevo.

-Que no, padre, que eso no es una rebaja, que es un regalo- le replicó el otro.

El cura sonreía tranquilo, esta vez en silencio, admirando el objeto, mientras yo, ya al lado, disimulaba mi curiosidad en el regateo fingiendo saber a la perfección el valor de una extraña pieza repleta de polvo. Otro personaje apareció, mirando atento a la mesa, encuadrando su interés en la vinajera.

-Vamos, hombre, que ya llevo esperando, y los domingos me viene mal- prosiguió el sacerdote ante la vigilancia de un competidor potencial.

-¿Cuánto?- preguntó  el nuevo rival.

-Treinta- repitió el vendedor.

-Veinticinco le doy yo- añadió este último adversario sin inmutarse.

Sucio, cínico, arrogante, ruina de la dignidad. ¿Acaso crees que vale lo que te ahorras el precio que pagas por tu falta de integridad?.

-Bueno- titubeó el cura, angustiado por la duda que notó en el anticuario-. Si no veinte, le puedo dar veintitrés- se tocó el alzacuellos-; llevo tanto esperando….

El contrario reiteró sus veinticinco de oferta y el vendedor resopló, pero no se decidió. El nuevo contendiente tomó la vinajera y contempló el vidrio labrado; la elevó, dejando pasar la luz y todo el objeto chispeó con el sol.

-Es bonita- adujo, dejándola en su sitio-. ¿Qué hay de los veinticinco?.

            A su lado, el cura fijó su mirada en el dueño y le mostró una mueca compasiva como ejemplo de comprensión.

-Le entiendo; el negocio es así. Hay que ganar dinero- dijo en tono apaciguador-. Pero no es lo mismo vender una punta de flecha que esto- lo señaló y prosiguió-. También es importante a qué manos va.

            El otro hombre sonrió y habló.

-Menuda labia tenéis los curas…-  se sacó la billetera y enseñó los veinticinco poniéndolos sobre la mesa- … pero el dinero es el dinero y lo compra todo, o si no casi todo.

            Durante unos segundos el anticuario calló. En su silencio no separó la vista de la vinajera hasta que resolvió.

-No tenía intención de rebajar pero, lo siento padre, será para el que ofrezca más.

-¡Dios mío!- exclamó el sacerdote- ¿Para qué me ha servido esperar?. Bueno, y si también doy veinticinco?.

-Antes los he ofrecido yo-arguyó el otro contendiente, frio y molesto.

-¡Por el amor de Dios!.

            Tengo que admitir que el último que llegó me desagradó desde el primer instante en que lo vi. A simple vista reconozco que su físico era impecable, y sus maneras, aunque heladas eran educadas, pero siempre con o sin razón tiendo a defender a quien encuentro más vulnerable, y así sentí al sacerdote, tierno en su insistencia para que aquella mercancía que se vendía regresara a casa de su Dios.

-Comprenda, padre, que lo vendo al mejor postor.

-Lo entiendo, hijo, pero…- le replicó y suspiró, soltando a continuación-…, veintiséis euros- se mordió el labio inferior y esperó la contraoferta del otro.

            Pero no llegó; con un distante adiós se despidió, después de sentenciar “siempre ha sido difícil ganar al clero”.

            Cuatro euros. Se ahorró cuatro euros. Le embalaron la compra en papel de periódico, lo metió en una bolsa y se marchó. Me llamó la atención que cuando se iba su cara se ensombreció, ese rictus amable con el que negociaba desapareció tan pronto como consiguió lo que quería. Mientras se alejaba le seguí, disimulando entre el gentío, ojeándolo a lo lejos. Vi cómo echó una última mirada atrás y, en ese instante, el mínimo resquicio que aún tengo abierto para que el mal concepto que tengo de la sociedad se pueda renovar, se cerró con un portazo que me hizo temblar. Aquel espécimen en expansión, se quitó el alzacuellos, lo arrugó en su mano y lo tiró, como el envoltorio de un chicle, a un contenedor. Algunos domingos y cuatro euros le costó. Ladrón, vendedor de desdichas, embustero, ¿por qué mientes con algo tan sagrado?. Tengas fe o no, la religión se creó para ser venerada por quien la cree y respetada por el que no, ¿en qué lugar quedas tú, inmundo proyecto de ser humano, que la utiliza para regatear en los adentros de una persona, ¿quién coño te has creído que eres para engañar con un disfraz de decencia que te deja desnudo porque en tu cuerpo nunca da la talla?. Para conseguir vivir como tú hay que ser malo, pero tú solo eres tonto, lelo, so espantajo. Por tu culpa hay muchos justos a los que no dejaremos pasar, gente buena que por desconfianza son injustamente tratados; amigos que no serán, cónyuges que no tendremos, hijos que no nacerán. Por tu culpa y por tus cuatro euros. No quiero hablar más de ti; tú eres nada.

            Pese a todo, como es esencia del ser humano errar, volveré a dejar abierta la puerta para que entre aire nuevo y me deje respirar. A veces siento que me asfixio.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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