12.LA FAJA SEGÚN SIMÓN

          Saludos a todos. Soy Simón. Tengo que reconocer que lo que dice Don Floro es cierto: la chaqueta es un incordio (post nº 11). Yo las relaciono con los funerales o con las entrevistas de trabajo, y como los dos van de muertos, en general no me gusta llevarlas, pero es necesario; además, creo que las visto bien. Mi mujer dice que tengo buen porte, pero ella, claro, qué va a decir, si es mi esposa y esto del matrimonio es como una empresa en la que uno manda y otro no. Me pregunto quién será el jefe de los dos. No sé. Yo le digo que sí a todo pero es porque la quiero mucho y además…, es que no sé decir no. Me parece que el empleado soy yo, pero no me importa en este tipo de “trabajo”.

            Leyendo a  Don Urbano (post nº 9) no le quito la razón de ser desconfiado, pero no entiendo que me tilde de demasiado concienzudo si él mismo, con sus guiones, saca yesca hasta de una piedra. Y no es por criticar, porque sus ideas me parecen interesantes, pero a puntilloso me gana él; seamos justos todos.

            En la media hora que nos dan de descanso en los cursillos me enteré de que pedían voluntarios para una demostración, no sé de qué, pero pagaban por ello, y como uno  está sobrado de falta, en cuanto terminó la plasta de clase fui a la dirección que me dieron, y me entregaron un cuestionario para rellenar con preguntas tales como cuál es mi peso y altura, si tengo alguna enfermedad, si suelo hacer ejercicio o, la que más me mosqueó de todas, si me gusta ir a la moda o puedo prescindir de ella llevando un simple blusón. Y aunque mi estilo sea campechano y lo más cercano que haya estado al glamur sea un sombrero de ala en los chinos, no iba a tachar la equis sobre el blusón, así que señale la moda; cuando entregué la solicitud, y por si acaso querían pruebas, me acerqué al mostrador con la elegancia de un dandi en vías de extinción, pensando que buscaban modelos o qué se yo, mientras la chica me recogía el papel mirándome las piernas por si era cojo, y con un frio “ya le llamarán”, me despidió. Al cabo de tres días, cuando me avisaron de que había sido seleccionado, me enteré de que más puntos hubiera tenido de haber escogido lo del blusón, pero como los primeros de la lista no aceptaron las condiciones del contrato pasaron a los aspirantes bajitos aunque estilosos, de  lorza contundente como yo. Y no me extraña. El producto a demostrar era una faja-cinturón con sauna y electroestimulación llamada “Flor de Musgo”, que debíamos llevar durante dos semanas para probar que es capaz de hacerte perder cinco kilos como mínimo, además de tonificar la piel y ejercitar los músculos. Dos semanas con calambres en los costados y sudándote el ombligo por ciento veinte euros, y por supuesto sólo si adelgazabas. En total quedamos cuatro con la misma cara todos de pringados, mirando al suelo para no mirarnos y ojeando las grasas del adversario. Cuando nos entregaron el cinturón, se lo colocaron a uno a modo de ejemplo, nos explicaron su funcionamiento y el tiempo que tendríamos que llevarlo al día; de ahí lo del blusón para poder salir a la calle con él puesto. Llegué a casa, expliqué a mi mujer e hijos la misión y, al intentar ponérmelo, aquello no cerraba; el diámetro de mi barriga era superior y el velcro , cogido al borde, se despegaba. ¡Coño!. Que esto no venía en el contrato y yo necesito los ciento veinte. La culpa va a ser de los cien euros que pagué por el curso del jamón, que las fritangas de San Jacobos se acumulan en el vientre. Madre mía, que tonto soy; pagar cien para ahora solo ganar veinte, y ni eso, ¡si no quepo!. Mi hijo Manolín me apretaba los lados, y Juanito aplastaba el saliente frontal mientras mi mujer Paloma repetía por atrás la escena de “Lo que el viento se llevó”, estirando la tela de la faja sin que ésta diera de más. ¡Coño, y más que coño!. “A ver, Simón; saca el aire y encoge”, decía Paloma. Y yo venga a sudar, y sin enchufar todavía aquel chisme de tortura acordándome del jamón, de su padre el cerdo, de la cerda de su madre, y del paro, padre y cerdo madre de todos los parados. Dejé el fajín y me enfundé en mis mayas de ciclista pedaleando en mitad del campo. Cuando regresé, ya fundido, diez o doce flexiones, quince sentadillas y de cena un arroz blanco. Al sexto día el cinturón todavía no se abrochaba pero había perdido dos kilos. Todos los días, después de terminar el curso de monitor de manualidades en croché, hacía footing y luego algo de gimnasia; tortillita francesa, pollo hervido si estaba de oferta y masajes en el michelín con un guante de estropajo, mientras mis hijos se entretenían con la vibración de la faja colocándosela en el culo o en el pecho, de canana como los bandoleros. A los doce días ya había perdido cuatro kilos y medio y el velcro empezaba a pegar, pero sólo si no respiraba; era entrar aire y en mi barriga se desencadenaba un vendaval de libertad que expandía sus dominios a lo ancho y largo de mi cintura. Y no lo comprendía porque cuatro kilos medio eran cuatro kilos y medio, y el contorno de mi abdomen en vez de adelgazar parecía más cebado. Así que pensando caí en la cuenta de mi error: tanta verdura con su repollo y coliflor me inflaron la tripa con sus gases. Es por eso que en cada ejercicio de flexión se me escapaba por la trasera una ráfaga de ametralladora, para mayor diversión de mis hijos, que se refugiaban de los disparos con su faja pistolera detrás de un butacón. ¡Coño!. A dos días para las dos semanas y yo con este barrigón. “Un chorreón de vinagre en un vasito de agua y ya verás como baja”, me aconsejaba Paloma, y yo lo bebía pero era asqueroso y vomitaba, y se me soltaba más la traca por atrás sin que esta cintura se estrechara por delante. “¡Bum, bum, me han dado!”, gesticulaba Manolín haciéndose el muerto sujetándose un imaginario boquete de bala en el pecho mientras con la otra mano se tapaba la nariz, y Juanito le robaba la canana enchufando los electrodos, defendiéndose  de  mí con un ventilador de pilas en alto, igual que cuando se defienden de Drácula con una ristra de ajos. ¡A la farmacia!. Catorce con diez me cobraron por los comprimidos contra los gases estomacales, así que de tener éxito la ganancia no sería neta ya y, de recibir los ciento veinte euros, menos los cien del jamón y los catorce con diez, ganaría cinco con noventa, y teniendo en cuenta que la coliflor no estaba en su mejor momento de precio, lo comido por lo peído; mierda y no más.

            Llegó el día. Seis kilos con trescientos gramos de menos, que un señor muy serio apuntó en una libreta. Y lo peor, a probarme el cinturón. Entró a la perfección y cerró como la seda. “Se nota cuánto lo ha usado”, agregó el empleado, recordando yo al fajín colgado junto al televisor sujetando un ambientador contra los mosquitos. “Sí señor”, contesté cogiendo el dinero, “no me lo he quitado de encima”. Resultado probado: la faja-cinturón “Flor de Musgo”, adelgaza. Tan cierto como su nombre, porque ni un solo musgo tiene flor, salvo los capullos que compren el cinturón.

            Querido diario: acabo de leer que  ha salido un curso para saber si te mienten o no. Mejor no me apunto.¿ Qué sería de mí si mi mujer y mis hijos no me pudieran decir todas las mañanas :”hoy te vas a comer el mundo”?.

 

ANA Mª GARCÍA YUSTE

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s