11.EL TRAJE-CHAQUETA SEGÚN FLORO

          Ola amigos. Soy el Floro y no hago más que darle vueltas y ando un poco escocido porque, la verdad, que uno sea incurto vale, pero rústico, lo que se dice rústico…, no sé; suena raro, como un burro en la selva, o como un carnicero delgado o un pescadero oliendo a fresas, o…  no sé. Pues eso, que Don Urbano, con todos mis respetos de mí a él, cuando me llama rústico (post nº 9) me veo como un prehistoriador troglodita de esos, con un pirsin de hueso en las napias y un taparrabos tapándome el ra…, el paquete, y yo no soy asín porque soy contemporáneo, que es como más moderno de ahora y sotisficado. Rústico es el dormitorio de mi abuela, que con tres palés y cuatro cubos vacios de pienso, se hizo el somier; también es rústico el olivar de mi compadre, el Beni, y eso es lo que mosquea, no las tierras sino el dueño porque, observándolo, se ve claramente que es pariente directo de un orangután, monoparental por eso y no desde que la Domi murió quedando solos él y su hijo Ernesto. Pues eso; qué fuerte. Pensaré que Don Urbano me dice rústico por ser de pueblo.

            Pues ella me quiere incordiar, que es más fino que decir putear, porque yo, con una cuerda de fajín sujetándome el pantalón y una camiseta de la Expo ´92 voy más que endomingao, y resulta que  hoy me reta a llevar traje-chaqueta, pero bien llevao, estudiando un tutorial del interné; ya ves, estudiando yo, y para vestir de abogado o sepulturero. En fin, todo sea por ella.

            Dice que lo primero es colocar mi cuerpo en una postura natural, de pie, con la espalda recta y con los brazos relajados. Yo, lo que tengo que decir es que la postura natural de mí es otra, más inclinado hacia adelante y con los brazos en los bolsillos normalmente, uno guardando la calderilla, otro en posición de rasque rápido para cuando piquen las interioridades que naide lo vea. Hago el esfuerzo y sigo, colocándome la chaqueta que el Martínez me ha emprestado. Qué simpático es el Martínez, que vende huevos y sandías en un puesto en la carretera y que se compró el traje para su boda y desde entonces, por la flaglancia que echa, creo que no lo ha vuelto a lavar. Y dice que me va a ayudar; mira que es bueno el hombre. Sigue el manual diciendo que cuando la chaqueta tiene tres botones hay que abotonar el del centro, y si tiene dos el de arriba. El poblema es que ésta tenía tres pero le faltan los dos de abajo, luego, es decir, me abrocho el de arriba pero caigo en el siguiente ostáculo: cuando los botones están atados no se debe ver una especie de X  en el cuerpo sino observarse plano. Hombre, X propiamente dicha no se ve, porque al estar tan arriba el botón anudado parece un premamá, o una Y griega, la verdad, la mar de incómoda porque me tira del costado y cuando levanto el brazo me aprieta la sobaquera. Más bien parece una V al revés, V de varvaridad, coño, qué incómodo es esto. Asín que me desabrocho el botón, sintiendo como si hubiera parido ya, y paso al siguiente bache: el hombro. Yo sé que atlético no soy, y que visto de lejos gano, pero tampoco es para que me cueste tanto ajustar la caída de mis hombros a esta zamarra, porque detrás de mí el Martínez intentaba aplastar con sus manos los dos salientes que yo tenía a cada lado con los que parecía que iba a volar en mi nave interestatal, y no lo conseguía. Y venga a estrujarlas pero las condenadas volvían a levantarse, como esa ave que tiene el mismo nombre que el de los documentales tan chulos de animales, el del hombre y la tierra, hasta que se jartó y cogió un pliegue por dentro lo grapó, quedándose asín la chaqueta la mar de calmada. Yo me miraba en el espejo, más fijo en la cara de triunfo de mi amigo que en mi propia pinta de arriero. Una vez resuelto este asuntillo pasé al tema del largo en las mangas, pero como el tutorial decía “bíceps sin arrugas” y yo no tengo ese tendón desarrollado, pasé al siguiente apartado: el largo de la chaqueta. Aquí me lío del todo, y si es el Martínez ni lo cuento porque, leyendo bien y despacio, leemos lentamente que con los brazos a los lados el largo debe llegar a la mitad del pulgar, pero teniendo en cuenta que mis hombros están escurridos y que la longitud de mis brazos está más cerca de las medidas de la familia monoparental de mi compadre el Beni, lo del pulgar queda muy imprecisamente relativo. Asín que subí un poco los codos, encogiendo el cuello en postura de duda, y con cuidado de que las grapas en el sobaco no desplegaran las alas metí las manos para adentro, como pidiendo limosna pero para mí, y esperé que la grapadora de mi compañero se escuchara, atando las medidas. Pero no, no se escuchó. “Oye, Floro”, me dijo rascándose la cabeza, atento al interné, “que aquí dice que hay que llegar hasta donde la nalga se curva hacia adentro”. Y claro, yo lo comprendí, porque si mi brazo se unía al hombro casi en línea recta al cuello, mi culo era un descampado partido en dos con la raya en medio. Asín que como había que cubrir una curva que no había, al Martínez se le ocurrió rellenarme el pantalón con las hojas de las zanahorias que plantaba en su huerta, y entre eso y que el largo lo grapó demasiado corto, la chaqueta, de ser americana pasó a ser de pueblo, como yo, rústica y sotisficada.

            Pues eso, pasando por alto lo incómodo que estaba llegué al tema del pantalón, y ahí dejé que mi amigo se expresara libremente; y como libre es, y no un rato, me fijó libremente el largo de cada pierna con las grapas, dejándolas a la altura reglamentaria para cruzar un río. Porque el Martínez era libre, pero horteras también. “Que se lleva asín”, me aseguraba mientras la hojarasca en el culo resbalaba por la pernera. Pues eso. La cosa es que todo esto no es nada si lo comparamos con la cuestión de la camisa y la corbata. Juntando las dos y sabiendo que también son emprestadas por mi amigo, podríamos decir que hay una lucha interna en lo más intrínseco de mí porque, por un lado, él es muy tímido y no le gusta llamar la atención. Es más, en su puesto de huevos se suele comunicar con sus clientes con el mismo lenguaje que se usa en la familia del Beni, con monosílabos; pero por otro, con esos cuadrados y rombos que vestía, parecía un neón pregonando que el cateto del pueblo vendía sandías a buen precio. Y yo se lo decía, “mira, Martínez”, le decía yo, “que desapercibido no, pero va bien para el puesto”. Asín que, resumiendo, el traje-chaqueta, yo y el gusto de mi compañero, hemos hecho un trío de dos en el que ha quedado demostrado que antes de aceptar una apuesta hay que estudiar bien al rival porque yo soy más bien de ir deportivo, de spor, como los romanos, que zurcían el S.P.O.R hasta en las capas, que qué sencillos y frescos iban con faldillas y no con tanta hombrera ni tanta sisa. Pues eso, ya que hablo de romanos digo en latín “mea culpa”, que no es ningún pis orinado por hacer algo malo sino que, a mucha honra, asumo esta derrota a la espera de otra. Aquí la espero.

            Por cierto, el Martínez perdió su grapadora y pasó una época de depresión que luego superó cuando le regalaron una taladradora de hojas. Con los agujeritos dibujó una gallina empollando una enorme sandía y lo colocó junto al cartel de su puesto. “Presio insuperable”, se leía. Qué bueno era el Martínez.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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