10. LA SOLEDAD

        Hoy me toca a mí, detrás de Don Urbano, en orden riguroso, no me vaya a sacar una canción por colarme y desglosarme en guiones. En algunas ocasiones se lo agradecería por sacar conclusiones que yo no alcanzo pero en otras, a sus ojos, preferiría pasar desapercibida, como Doña Teresa, ¿qué canción le dedicaría para luego analizarla?, ¿en cuántos segmentos podría dividirla para que, en conjunto y escogidos los mejores, compusieran una buena vida?. Si fuera tan fácil, todos dejaríamos que Don Urbano desmenuzara nuestro día a día para luego eliminar lo malo, pero mi buen amigo, el pensador, es también humano.

            Teresa vivía sola; era viuda y tenía tres hijos y seis nietos. Siempre llevaba fotos de ellos, que enseñaba orgullosa cuando compraba en la carnicería o mientras le servían en la frutería, y se reía comedida contando anécdotas de cuando eran pequeños. Apenas tenía amigas, pero no por falta de simpatía sino por sobra de años pues sus amistades poco a poco iban falleciendo, y sus vecinos de siempre se marchaban, algunos en busca del calor de los hijos, otros a residencias, huyendo de la frialdad de estar solo. Pero Teresa se resistía; vivía sola, y lo peor, se sentía sola porque lo estaba, porque de las veinticuatro horas del día seis eran para dormir, cuatro para dormitar y catorce para recordar que las habitaciones estaban vacías. Y las limpiaba, ordenando con mimo cada detalle, y pasaba el trapo quitando un polvo que dejaba impresa una huella en cada objeto que ya  no se usaba y que le oprimía con fuerza el pecho cuando lo recordaba. La figura en masilla de un corazón, algunos retratos, aquel primer cenicero del mayor cuando le dejaron. “Así es la vida”, le decía al pescadero, “cada uno con su vida”. A veces lavaba algún peluche del más pequeño de los nietos y  mientras lo tendía miraba a la calle, pero ninguno venía; ya eran mayores, adolescentes; incluso uno de ellos ya se había licenciado en Medicina. Frente a ella, las terrazas aparecían cargadas de ropa en el tendedero, mientras en el suyo apenas una bata, algo de prenda interior y un pañuelo; y mucho silencio. Pero esa mañana el teléfono sonó:” abuela”, decía contento su nieto médico, “que me caso”. Y ella, siempre serena, se alegró de tal manera que casi lloró. Acostumbrada al tedio, se sentía entusiasmada. “Mañana mismo empiezo a buscar telas para mi vestido”, se dijo, excitada con la idea de tener entretenimiento, pensando en que no le gustaba el protagonismo pero, siendo la abuela del novio, quizás tendría que asumirlo. A casi un año para la boda Teresa ojeaba escaparates de moda y se fijaba en los diseños intentando retenerlos en su escasa memoria para después en casa dibujar el esbozo y completarlos con su ingenio, rellenando así horas de pasatiempo. Incluso insistió en confeccionar a los tres nietos más pequeños la ropa para el evento, pero sus hijos no lo aceptaron porque “lo que tú tienes que hacer es reposar”, cuando lo que ella quería era precisamente lo contrario, actuar, formar parte de algo, sentirse necesitada viendo que sus hijos apenas ya la visitaban, faltos de ganas, “cada uno con su vida”, como repetía al dueño de la panadería. Zapatos cómodos, un bolso mono, no demasiado brillo aunque sea de noche y, como peinado, el de siempre pero de peluquería, que un día es un día. Cuando su costura le cargaba la vista llamaba a su nuera por si había algún encargo de la ceremonia que ella pudiera solventar, pero por respuesta lo normal es que recibiera su “lo que tienes es que reposar”, dejando para ella, como siempre, su tendedero a medio llenar. De esta forma corrían las semanas y los meses en cuenta atrás, un tres, dos, uno que Teresa disfrutaba despacio bordando en detalles cada pormenor de la esperada fecha, sola pero animada, esperando una llamada de alguien que la necesitara. Y el día llegó. La noche anterior no durmió porque con esos ajetreos ella se desvelaba. Su hijo la recogió temprano y la sentó bien en la iglesia, en primer plano, en el centro, entre sus hijos, nietos y nueras. Cuántos besos, cuántos halagos, qué educados. Como mucho una hora y ya está. Luego el banquete, con cuidado de la sal y a vista lejos del alcohol, no se vaya a marear. Con un vals y la conga, tres horas más. Cinco o seis en total, incluida la vuelta a casa, sacudiéndose el polvo de una camisa que había tardado más de dos semanas en bordar solo sus puños y cuellos. Prontito a casa porque “lo que tienes es que reposar”. Una vez allí se desnudó; lavó la ropa y la colgó en el tendedero, observándola queda. Sentada en su butaca se quedó dormida.

        “Pues su nieto se parece a usted”, le decía el charcutero viendo las fotos de la boda que entre loncha y loncha ella le enseñaba. “Bien guapa que era yo de  joven”, respondía contenta ella, “pero así es la vida; cada uno con su vida. Llegará otro momento en que su teléfono sonará anunciando un nuevo enlace y en casa de Teresa, en lugar de silencios, se escucharán los compases de su vieja máquina cosiendo  los retales de la soledad de sus días. No siempre es así, pero así somos y serán con nosotros quizás. A veces pienso que somos incapaces de imaginar que mas allá de lo que vemos, podemos ser nosotros quienes allí estén y nos miren de lejos.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s