6. LAS LIBERTADES

           Ya habéis conocido a mis tres amigos, a Floro, con su impecable humildad, a Simón, con la dignidad dolida por el paro, y a Urbano, tan peculiar. Hoy me toca a mí,  y quiero hablar de algo que me afecta directamente. A mi hijo no le dejan jugar en el jardín del bloque con la pelota;  solemne, ¿verdad?. Tampoco se permiten los patines, monopatines, bicicletas y resto de vehículos de idéntica cilindrada. Y yo lo entiendo; porque molestan, seguro, y que para eso estamos en una democracia y el pueblo es soberano para democratizar, democratizando que llegue tarde el anómalo espécimen que tiene trabajo porque los demócratas del derecho a la manifestación golpean sus tambores en mitad de la avenida más céntrica de la ciudad en proclama de ¿lo qué?. O dando cancha a la soberanía del pueblo, que para eso somos demócratas, al desgraciado de turno que quiere ir a trabajar, mira tú, pobre de él, en un día democrático del derecho a la huelga (¡compañeros!, ¡ése es un esquirol!; ¡enseñémosle lo que es la democracia en su taxi, que este anarfaveto no se ha leído nuestro panfreto y no sabe de nuestras reibindikaciones!).

            Pues bien, en el parque frente a nuestra casa está prohibido jugar en el césped, y por supuesto los animales, los de cuatro patas, que no los de dos, deben ir atados, vaya que molesten a los demócratas del derecho a la libre expresión en plena manifestación apoteósica de su ingente cultura pintorreando un enorme falo a la estatua de lo que antes era un estanque y ahora una escultura transexual. Y yo le digo a mi hijo que no se queje, que son normas para convivir en respeto, que el césped tiene sentimientos y no lo debemos pisotear; y como no lo entiende porque es pequeño y lógico se enfada y patea la pelota en la acera hasta que algún vecino, seguramente el de los tambores del derecho a la manifestación, el de los piquetes del derecho a la huelga o el artista grafitero del derecho al mesaledetúsabesdóndehacerloquemedelaganaoyetú, se queja del ruido y mi hijo deja de jugar. Se sienta en un escalón, se toma la merienda y, cuando termina, tira el envoltorio de las galletas a la papelera, ojo, no al contenedor que solo se usa de ocho a diez, no nos vayan a multar. Porque para eso es la democracia, para que el pueblo participe en el gobierno y dicte normas chorras que impidan a mi hijo jugar al fútbol mientras dejan que una parte de España diga que se quiere segregar; de España, que es admirablemente una, y nos la quieren desgajar con la excusa de un conflicto que ya tilda de generacional cual churumbel que repudia a la madre después de negarle la salida más tarde de lo que no es normal. Como una cabra, todos locos, pero eso sí, demócratas.

            A mi hijo se lo digo: las reglas son buenas para vivir en sociedad. Y se lo repito cada fin de semana cuando nos vamos en coche al monte, siempre que el nivel de combustión no sea malo para el medio ambiente, y allí nos marcamos unos goles sin que ningún mamarracho nos hable de su libertad, aprendiendo bien la enseñanza de que para ser sociable hay que alejarse muchas veces de la sociedad, no vaya a ser que la democracia nos quiera a nosotros también “democratizar”, siendo como somos, y a mucha honra, demócratas de verdad.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

 

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