2. LA VOCACIÓN

          Comenzamos, comienzo, que para ser el primero debo ser yo la que hable en voz propia para decir que me han mentido, que no todo esfuerzo tiene recompensa, no toda recompensa parte de un esfuerzo. “Yo quiero ser bailarina”, decía María, “pues yo, que me gustan las estrellas, astrónomo”, añadía Luis mientras Julián vestía su muñeca agrandándole las sisas en su taller de costurero juguete; y Susana desordenaba su pelo al imaginario viento del coche de carreras que pilotaba. Así de sencillo, así de simple, pero absolutamente invulnerable. Sin manipulaciones, puro, vacío de prejuicios. Ésa sí era la verdad. Ahí surge la palabra exacta que en su momento definió lo que quería ser y pocas veces llegó: la vocación. Con la inmadurez propia de un niño de diez años que habla despojado de las necesidades que nos obligamos tener, María, Luis, Julián y Susana imaginaban un futuro pleno, repleto de tules, galaxias, hilos y tuercas sin más metas que las de disfrutar. No hay que ganar dinero ni tener posición social. Con sus danzas, nubes, patrones y gasolina y un bocadillo de mortadela, la felicidad total. No imaginaban que después, la vida, con una hostia bien dada, les devolvería a la realidad. “Estudia mucho; cuanto mejores notas, mejor”, oía María mientras notaba que sus horas de baile cedían en función de que en matemáticas sacara mayor calificación. Y Luis, que bajaba el cuello al mismísimo suelo, consolando a un padre que no podía costearle su educación; y Julián, que soltaba sus bocetos de faldas “so maricón”, llorando las ganas ante el ordenador. Pero, ¿y Susana?. Ella sí, lo consiguió. Ahora ondea su triunfo al viento porque ganó, llegó a la meta al cumplir su vocación. Puede que no siempre llegue la primera, ni a veces la segunda, ni tampoco es demasiado conocida, ningún patrocinio ni en las verbenas del pueblo, pero es feliz haciendo lo que hace, y en muchas ocasiones casi sin ayuda de sus padres saca para tirar adelante. Pobre María, con su teléfono, ordenador y pintauñas, los tres de última generación, acorde a su puesto en la Administración. Y Luis, inspector de Hacienda, hecho todo un cabrón, montado en su imponente cuatro por cuatro; y mi dulce Julián, homosexual hasta los tuétanos, que no maricón, el más elegante de los ejecutivos de su empresa de programación, tostándose bajo las sombrillas en el jardín de su mansión. Pobres todos ellos, afortunada Susana, que no tiene que soñar para imaginar lo que quisiera ser porque lo es, aunque las facturas cierto es que muchas veces le priven del sueño.  Así es la vocación,  destructible, cruda, vencible, resignada a ratos libres como hobby, dejada a los caprichos de su elección; que lo que ha de llegar llegará, pero no siempre llega lo que queremos.

            En su último cumpleaños Luis recibió, como regalo de su padre, un cojín con forma de estrella. Durmió aferrado a ella durante toda la noche. Nunca descansó mejor, aunque esa noche parece que lloró. La vocación arrasa, rebosa, pero no siempre gana.

 

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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